El hombre está atado al tiempo, y esa atadura, esa esclavitud al tiempo es el movimiento del pensar

En el extremo de cada hoja, tanto de las más pequeñas como de las grandes, había una gota de agua reluciendo al sol como una joya extraordinaria. Y soplaba una ligera brisa, pero esa brisa de ningún modo perturbaba ni destruía esa gota sobre las hojas lavadas por la última lluvia. Era una mañana muy tranquila, apacible, llena de encanto, y con un sentido de bendición en el aire. Y mientras uno contemplaba la luz sobre cada hoja limpia, resplandeciente, la tierra se volvía extraordinariamente hermosa, a pesar de los cables telegráficos con sus feos postes. A pesar de todo el ruido del mundo, la tierra era rica, paciente, perdurable; y aunque había terremotos muy destructivos aquí y allá, la tierra seguía siendo bella. Uno jamás aprecia la tierra a menos que realmente viva con ella, trabaje con ella, ponga sus manos en el polvo, levante grandes piedras y guijarros ‑uno nunca conoce el extraordinario sentimiento de estar en contacto íntimo con la tierra, con las flores, con los árboles gigantescos, la fuerte hierba y los setos vivos que bordean el camino.

Todas las cosas estaban llenas de vida esa mañana. Mientras uno las contemplaba, había un sentimiento de júbilo inmenso; el cielo era azul, el sol iba asomando lentamente sobre los cerros y había una gran claridad. El sinsonte sobre el cable eléctrico hacía sus payasadas, saltando hacia lo alto, dando una voltereta y bajando nuevamente sobre el mismo punto del alambre. Mientras uno estaba observando cómo el pájaro se regocijaba, saltando en el aire y bajando luego en círculos con sus agudos chillidos y su alegría de vivir, sólo ese pájaro existía, no existía el observador. El observador ya no estaba allí, solamente el pájaro gris y blanco con su larga cola. En esa observación del pájaro que se regocijaba en su revoloteo, no había movimiento alguno del pensar.

Nunca observamos por mucho tiempo. Cuando, sin que haya sentido alguno del observador, observamos con gran paciencia a esos pájaros, esas gotitas en las hojas temblorosas, las abejas y las flores y la larga fila de hormigas, entonces el tiempo cesa, el tiempo se detiene. Uno no se toma tiempo para observar o para tener la paciencia de observar. A través de la observación aprendemos una gran cantidad de cosas ‑observando a las personas, el modo en que caminan, sus conversaciones, sus gestos. Podemos verlas a través de su vanidad o de la negligencia hacia sus propios cuerpos. Son indiferentes, son insensibles.

Había un águila volando en la altura; haciendo círculos sin batir las alas, llevada por la corriente de aire, se alejó más allá de los cerros y se perdió de vista. Observar, aprender; el aprender es tiempo, pero el observar no contiene tiempo. O el escuchar; escuchar sin interpretación alguna, sin ninguna reacción, sin ninguna clase de prejuicio. Escuchar ese trueno en los cielos, el trueno rodando entre los cerros. Jamás escuchamos completamente, siempre hay una interrupción. El observar y el escuchar constituyen un gran arte ‑observar y escuchar sin reacción alguna, sin ningún sentido del ‘escuchador’ o del ‘observador’. Observando y escuchando aprendemos infinitamente más que a través de cualquier libro. Los libros son necesarios, pero el observar y el escuchar agudizan nuestros sentidos. Porque, después de todo, el cerebro es el centro de todas las reacciones, de todos los pensamientos y los recuerdos. Pero si nuestros sentidos no están intensamente despiertos, no podemos realmente observar y escuchar y aprender, no sólo acerca de cómo actuar, sino acerca del aprender en sí; y todo ello es el terreno donde puede germinar la semilla de la bondad.

Cuando existe este sencillo, claro observar y escuchar, entonces hay percepción alerta a todo ‑uno percibe el color de esas flores, rojas, amarillas, blancas, el color de las hojas primaverales con sus tallos tan tiernos, tan delicados; hay percepción del cielo, de la tierra y de esas personas que pasan cerca de uno. Han estado parloteando por todo ese largo camino, sin mirar en ningún momento los árboles, las flores, el cielo y los magníficos cerros. Ni siquiera se dan cuenta de lo que pasa alrededor de ellas. Hablan mucho del ambiente, de cómo debemos proteger la naturaleza, etc., pero no parecen advertir la belleza y el silencio de los cerros y la dignidad de un viejo y maravilloso árbol. Ni siquiera se dan cuenta de sus propios pensamientos, de sus propias reacciones, ni del modo en que caminan, ni de las ropas que visten.

Esto no quiere decir que uno haya de ser egocéntrico en su observación, en su percepción; sólo ha de estar alerta. Cuando observamos hay opción entre lo que debemos hacer o no debemos hacer, hay agrado y desagrado, hay prejuicios, temores, ansiedades, están las alegrías que recordamos, los placeres que hemos perseguido; en todo esto hay opción, y pensamos que la opción nos da libertad. Nos gusta esa libertad para elegir; pensamos que la libertad es necesaria para elegir ‑o mejor dicho, esa elección, esa opción, nos da una sensación de libertad- pero cuando vemos las cosas muy, muy claramente, no existe tal opción.

Y eso nos lleva a una percepción directa en la que no hay opciones ‑un darnos cuenta sin agrado ni desagrado alguno. Cuando existe realmente esta sencilla, honesta percepción directa sin opciones, ella nos lleva a otro factor, que es la atención. Esta palabra significa extenderse, asirse, agarrarse, pero ésa sigue siendo la actividad del cerebro, está en el cerebro. La observación, la percepción, la atención, están dentro del campo del cerebro, y éste es limitado ‑está condicionado por todos los hábitos de las generaciones pasadas, por las impresiones, las tradiciones, y por toda la insensatez y la bondad del hombre. Por lo tanto, toda acción que surge de esta atención todavía es limitada, y lo que es limitado debe, inevitablemente, generar desorden. Cuando uno piensa en sí mismo de la mañana a la noche ‑en sus propias preocupaciones, en sus propios deseos, exigencias y realizaciones- esta actividad egocéntrica, siendo muy, muy limitada, tiene que causar fricción en la relación con los demás, la cual también es, entonces, limitada; tiene que haber tensión y perturbaciones de muchas clases ‑la perpetua violencia de los seres humanos.

Cuando uno está atento a todo esto, atento sin opción alguna, entonces de ello surge el discernimiento total. Este discernimiento no es un acto de recordación, de continuación de la memoria. El discernimiento total es como un relámpago de luz. Uno ve con absoluta claridad todas las complicaciones, las consecuencias, las intrincaciones del pensamiento. Entonces este mismo discernimiento es acción completa, y en ella no hay lamentaciones, no hay un mirar hacia atrás, no hay sentido alguno de agobio o de discriminación. Es la acción del puro y claro discernimiento ‑una percepción que no contiene vestigio alguno de duda.

Casi todos nosotros empezamos con la certidumbre y, a medida que envejecemos, esa certidumbre se convierte en incertidumbre, y morimos con la incertidumbre. Pero si uno empieza con la incertidumbre, cuestionando, inquiriendo, exigiendo, dudando verdaderamente de la conducta humana, de todos los rituales religiosos con sus imágenes y sus símbolos, entonces de esa duda surge la claridad de la certidumbre. Cuando existe un claro discernimiento, por ejemplo, en la violencia, el discernimiento mismo disipa toda violencia. Ese discernimiento se encuentra fuera del cerebro, si puede uno expresarlo así. No es del tiempo. No pertenece a la memoria ni al conocimiento, y así, en su acción transforma las células mismas del cerebro. Ese discernimiento es completo, íntegro, y de esa integridad puede surgir una acción lógica, cuerda, racional.

Todo este movimiento de observar, de prestar atención al destello explosivo del discernimiento, es un movimiento único; no se llega a él paso a paso. Es como una rápida saeta. Y sólo ese discernimiento, esa percepción instantánea, directa, puede liberar al cerebro de su condicionamiento ‑no el esfuerzo del pensar, que es una resolución al ver la necesidad de algo; nada de eso puede liberarnos totalmente del condicionamiento. Todo esto implica el tiempo y la terminación del tiempo. El hombre está atado al tiempo, y esa atadura, esa esclavitud al tiempo es el movimiento del pensar. Por lo tanto, hay discernimiento total donde cesan el pensamiento y el tiempo. Únicamente entonces puede darse el florecimiento del cerebro. Únicamente entonces puede uno tener una relación completa con la Mente.

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Miércoles, 20 de abril, 1983

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Este invierno llovió constantemente día tras día, prácticamente durante los últimos tres meses. Ésta es más bien una extravagancia de California ‑o no llueve en absoluto o llueve como para anegar la tierra. Ha habido grandes tormentas y muy pocos días soleados. Ayer estuvo lloviendo durante todo el día y esta mañana las nubes se hallan muy bajas sobre los cerros y todo se ve bastante sombrío. Las hojas permanecen abatidas por la lluvia de ayer. La tierra se encuentra empapada. Los árboles y el magnífico roble deben de estar preguntándose dónde está el sol.

En esta mañana tan particular, con las nubes que ocultan las montañas y los cerros hasta casi tocar el valle, uno se pregunta: ¿Qué significa ser serio? ¿Qué significa tener una mente, o, si se prefiere, un cerebro muy quieto y serio? ¿Somos serios alguna vez? ¿O siempre vivimos en un mundo de superficialidad, yendo de acá para allá, peleando, riñendo violentamente sobre cosas completamente triviales? ¿Qué significa tener un cerebro muy despierto, no limitado por sus propios pensamientos, recuerdos y reminiscencias? ¿Qué significa tener un cerebro libre de toda la confusión de la existencia, de toda la angustia, de toda la ansiedad y el dolor que jamás se termina? ¿Es de algún modo posible tener una mente por completo libre, un cerebro libre no moldeado por influencias, por la experiencia y por la vasta acumulación del conocimiento?

El conocimiento es tiempo; el aprender implica tiempo. Aprender a tocar el violín requiere una paciencia infinita, meses de práctica, años de una dedicación concentrada. Aprender a adquirir una destreza, aprender a convertirse en un atleta o a armar una buena máquina, o llegar a la luna, todo esto requiere tiempo. ¿Pero hay algo que aprender acerca de la psique, acerca de lo que somos ‑todos los caprichos, las complejidades de las propias acciones y reacciones, la esperanza, el fracaso, el dolor y la alegría… qué hay que aprender acerca de todo eso? Como siempre lo hemos dicho, en cierto campo de nuestra existencia física es necesario reunir conocimientos y actuar a base de esos conocimientos, lo cual requiere tiempo. ¿Es que extendemos el mismo principio, el mismo movimiento de tiempo al mundo psicológico? Aquí también decimos que tenemos que aprender acerca de nosotros mismos, de nuestras reacciones, de nuestra conducta, de nuestras exaltaciones y depresiones, de nuestras ideaciones, etc.; pensamos que todo eso también requiere tiempo.

Uno puede aprender acerca de lo limitado, pero no puede aprender acerca de lo ilimitado. Y nosotros tratamos de aprender acerca de todo el campo de la psique, y decimos que para ello se necesita tiempo. Pero en ese campo el tiempo puede ser una ilusión, puede ser un enemigo. El pensamiento crea la ilusión, y esa ilusión se desarrolla, crece, se extiende. La ilusión de toda la actividad religiosa debe de haber empezado muy, muy sencillamente, y vean adónde ha llegado ‑con su inmenso poder, sus enormes propiedades, la gran acumulación de las obras de arte, de las riquezas; y con la jerarquía religiosa exigiendo obediencia, apremiándonos para que tengamos más fe. Todo eso es la expansión, el cultivo y el desarrollo de la ilusión, lo cual ha tomado muchos siglos. Y la psique es todo el contenido de la conciencia, es la memoria de todas las cosas pasadas y muertas. ¡Qué importancia damos a la memoria! La psique es memoria. Toda la tradición es meramente el pasado. Nos aferramos a eso, queremos aprender acerca de todo eso, y pensamos que para ello el tiempo es tan necesario como lo es en el otro campo.

No sé si alguna vez nos preguntamos si hay un final para el tiempo ‑el tiempo para llegar a ser, para realizarnos personalmente. ¿Hay algo que aprender acerca de todo eso? ¿O es posible ver que todo este movimiento ilusorio de la memoria, que parece tan real, puede terminar? Si el tiempo se detiene, ¿cuál es, entonces, la relación que hay entre aquello que está más allá del tiempo, y todas las actividades físicas del cerebro, como la memoria, el conocimiento, los recuerdos, las experiencias? ¿Qué relación hay entre lo uno y lo otro? El conocimiento y el pensamiento, ya se ha dicho, son limitados. Lo limitado no puede tener ninguna relación con lo ilimitado, pero lo ilimitado puede tener alguna clase de comunicación con lo limitado, aunque esa comunicación tiene que ser siempre limitada, estrecha, fragmentaria.

Si uno tiene predisposición mercantil, podría preguntarse cuál es la utilidad de todo esto, de qué sirve lo ilimitado, qué provecho puede el hombre sacar de eso. Siempre deseamos una recompensa. Vivimos a base del principio de premio y castigo, como un perro al que han adiestrado; uno lo premia cuando obedece. Y actuamos de manera bastante similar, en el sentido de que queremos ser recompensados por nuestras acciones, por nuestra obediencia, etcétera. Tal exigencia nace del cerebro limitado. El cerebro es el centro del pensamiento, y el pensamiento es siempre limitado bajo todas las circunstancias. Puede inventar lo teórico, lo extraordinario, lo inmensurable, pero su invención es siempre limitada. Es por eso que uno ha de estar completamente libre de todo el afán y el tráfago de la existencia y de la actividad egocéntrica, para que lo ilimitado sea.

Aquello que es inmensurable no pueden medirlo las palabras. Siempre tratamos de encerrar lo inmensurable en una estructura de palabras, pero el símbolo no es lo real. Y nosotros le rendimos culto al símbolo; por lo tanto, vivimos siempre en un estado de limitación.

De modo que, con las nubes suspendidas sobre las copas de los árboles y con los pájaros silenciosos que aguardan los truenos, ésta es una mañana apropiada para estar serios, para inquirir en toda la existencia, para cuestionar a los dioses mismos y a toda la actividad humana. Nuestras vidas son muy cortas, y durante ese corto periodo no hay nada que aprender acerca del campo total de la psique, que es el movimiento de la memoria. Sólo podemos observarlo. Observar sin movimiento alguno del pensar, observar sin el tiempo, sin el conocimiento pasado, sin el observador, que es la esencia del pasado. Sólo observar. Observar esas nubes que se forman y vuelven a formarse, observar los árboles, los pajarillos. Todo eso es parte de la vida. Cuando uno observa atentamente, diligentemente, no hay nada que aprender; sólo existe ese vasto espacio, ese silencio, ese vacío que es energía devastadora.

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Martes, 19 de abril, 1983

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Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte

ESA GENTUZA

Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre.

Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminando carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta qué punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leído, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de sí mismos, sin distinción de partido ni ideología, pueden amargarme en un instante, de este modo, la tarde, el día, el país y la vida.

Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años, aquí y afuera. Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún día, si tengo la cabeza lo bastante fría, les detallaré a ustedes cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las dietas, los privilegios y los coches oficiales. Cómo organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes turísticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado –ahí no hay discrepancias ideológicas– el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo quienes llegan a ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del 100% de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer día.

De cualquier modo, por hoy es suficiente. Y se acaba la página. Tenía ganas de echar la pota, eso es todo. De desahogarme dándole a la tecla, y es lo que he hecho. Otro día seré más coherente. Más razonable y objetivo. Quizás. Ahora, por lo menos, mientras camino por la carrera de San Jerónimo, algunos sabrán lo que tengo en la cabeza cuando me cruzo con ellos.

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Posteado por: sanatkumara | Julio 16, 2009

Toda la psique es memoria y nada más

Es un nuevo día, y el sol aún tardará más o menos una hora en levantarse. Está muy oscuro y los árboles se hallan silenciosos a la espera del amanecer, de que el sol asome detrás de los cerros. Debería haber una plegaria para el amanecer. Éste llega muy lentamente, penetrando el mundo en su totalidad. Y aquí, en esta casa tranquila y apartada, rodeada de naranjos y algunas flores, hay una quietud extraordinaria. Todavía los pájaros no han comenzado a cantar su canto matinal. El mundo está dormido, al menos lo está en esta parte de la tierra, lejos de toda civilización, lejos del ruido, de la brutalidad, de la vulgaridad y de la palabrería de los políticos.

Pausadamente, con gran paciencia, el amanecer se inicia en el profundo silencio de la noche, silencio que rompen la paloma torcaza y el ulular de un búho. Hay numerosos búhos aquí llamándose unos a otros. Y los cerros y los árboles están empezando a despertar. El alba comienza en medio del silencio, cada vez más luminosa, mientras el rocío cubre las hojas y el sol va asomando sobre el cerro. Sus primeros rayos quedan atrapados en aquellos árboles altísimos, en ese viejo roble que ha estado ahí por mucho, muchísimo tiempo. Y la paloma torcaza empieza con su suave y lastimero llamado. Al otro lado del camino, más allá de los naranjos, se escucha el reclamo de un pavo real. Incluso en esta parte del mundo hay pavos reales, al menos unos pocos. Y el día ha comenzado. Es un día maravilloso; tan nuevo, tan fresco, tan vital y pleno de belleza. Es un nuevo día, sin recuerdo alguno del pasado, sin el llamado de algún otro día.

Es una gran maravilla observar todas esas bellezas ‑aquellos brillantes naranjos con sus hojas oscuras, y las pocas flores, resplandecientes en su gloria. Uno se sorprende ante esta luz extraordinaria que sólo esta parte del mundo parece poseer. Se asombra cuando contempla la creación que parece no tener principio ni fin ‑no una creación del ingenioso pensamiento, sino la creación de una mañana nueva. Esta mañana es como si jamás hubiera sido antes, tan brillante, tan clara. Y los cerros azules la contemplan. Es la creación de un día nuevo como jamás ha existido en el pasado.

Hay una ardilla con una larga y tupida cola, temblando tímida en el antiguo pimentero que ha perdido numerosas ramas; está envejeciendo mucho. Debe de haber visto innumerables tormentas; igual que al roble, en su vejez se le ve sereno, con una gran dignidad. Es una mañana nueva, plena de una vida antigua; es una mañana sin tiempo, sin problemas. Existe, y eso en sí es un milagro. Es una mañana nueva sin recuerdo alguno. Todos los días pasados han tocado a su fin, se han ido, y la voz de la paloma torcaza llega a través del valle; el sol está ahora sobre el cerro y cubre la tierra. Y esto tampoco tiene un ayer. Los árboles bajo el sol, y las flores, no tienen tiempo. Es el milagro de un nuevo día.

«Queremos continuidad», dijo el hombre. «La continuidad forma parte de nuestra vida. La continuidad de generación tras generación, de la tradición, de las cosas que hemos conocido y recordado. Anhelamos la continuidad y hemos de tenerla. De lo contrario, ¿qué somos? La continuidad está en las raíces mismas de nuestro ser. Existir es continuar. La muerte puede venir, puede haber un fin para muchas cosas, pero siempre está la continuidad. Retrocedemos en el tiempo para encontrar nuestras raíces, nuestra identidad. Si uno ha conservado el conocimiento de sus comienzos como una familia, probablemente pueda rastrear su identidad generación tras generación por muchos siglos ‑si es que uno se interesa en esa clase de cosas. La continuidad del culto a un dios, la continuidad de las ideologías, la continuidad de opiniones, valores, juicios, conclusiones ‑hay una continuidad en todas las cosas que uno recuerda. Hay una continuidad desde el momento en que nacemos hasta que morimos, con todas las experiencias, con todo el conocimiento que el hombre ha adquirido. ¿Es eso una ilusión?»

«¿Qué es lo que tiene continuidad? Ese roble, que probablemente tiene doscientos años, posee una continuidad hasta que muere o es tronchado por el hombre. ¿Y cuál es esta continuidad que el hombre desea y anhela tanto? ¿El nombre, la forma, la cuenta bancaria, las cosas que se recuerdan? La memoria posee una continuidad, las remembranzas de aquello que ha sido. Toda la psique es memoria y nada más. Le atribuimos a la psique muchas cosas cualidades, virtudes, acciones deshonestas, y el ejercicio de muchos actos inteligentes tanto en el mundo externo como en el interno. Y si uno la examina diligentemente, sin ningún prejuicio, sin conclusión alguna, comienza a ver que toda nuestra existencia es una vasta red de recuerdos, de remembranzas, de cosas que han sucedido antes; y todo eso es lo que tiene continuidad. Y a eso nos aferramos desesperadamente».

La ardilla ha regresado. Ha estado lejos por un par de horas; ahora está de vuelta sobre la rama mordisqueando alguna cosa, observando, escuchando extraordinariamente alerta y vigilante, activa, vibrante de excitación. Viene y parte sin decirle a uno adónde va ni cuándo regresará. Y a medida que el día se pone más caluroso, la torcaza y los otros pájaros desaparecen. Hay unas cuantas palomas que vuelan en grupo de un lugar a otro. Se puede escuchar el sonido de sus alas batiendo el aire. Solía haber un zorro por aquí ‑uno no lo ha visto por mucho tiempo. Probablemente se ha ido para siempre. Hay demasiadas personas cerca de aquí. Hay muchos roedores, pero la gente es peligrosa. Y ésta es una pequeña ardilla tímida y voluntariosa como la golondrina.

Si bien no hay continuidad excepto la de la memoria, ¿existe en todo el ser humano, en el cerebro, un lugar, un punto, un área pequeña o vasta donde la memoria no opere en absoluto, un área que la memoria no haya tocado jamás? Es una cosa notable observar todo esto, tantear el camino sensatamente, racionalmente, ver la complejidad, las intrincaciones de la memoria y su continuidad, que es, después de todo, el conocimiento. El conocimiento está siempre en el pasado, el conocimiento es el pasado. El pasado es una vasta memoria acumulada como tradición. Y cuando uno ha recorrido ese sendero diligentemente, cuerdamente, por fuerza tiene que preguntarse: ¿Existe un área en el cerebro humano, o en la propia estructura y naturaleza de un ser humano ‑no meramente en el mundo externo de sus actividades sino internamente, muy en lo profundo de los inmensos y silenciosos escondrijos de su cerebro- existe algo que no sea el resultado de la memoria, que no sea el movimiento de una continuidad?

Los cerros y los árboles, los prados y los huertos, continuarán en tanto la tierra exista, a menos que el hombre en su crueldad y desesperación lo destruya todo. El torrente, el manantial del que proviene, tienen una continuidad, pero uno nunca se pregunta si los cerros y las cosas que están más allá de los cerros poseen su continuidad propia.

Si la continuidad no existe, ¿qué es lo que hay? No hay nada. Uno tiene miedo de ser nada. ‘Nada’ [nothing] significa ‘ninguna cosa’ [not a thing] ‑ninguna cosa creada por el pensamiento, ninguna cosa proyectada por la memoria, por los recuerdos, ninguna cosa que uno pueda poner en palabras y después medir.

Sin duda alguna, con absoluta certeza, existe un área donde el pasado no proyecta ninguna sombra, donde el tiempo ‑pasado, presente y futuro- no significa nada.

Nosotros siempre hemos tratado de medir con palabras algo que no conocemos. Lo que no conocemos tratamos de entenderlo y le ponemos palabras, convirtiéndolo así en un ruido continuo. Y de este modo atoramos nuestro cerebro, que ya se encuentra atorado, con los sucesos, las experiencias, los acontecimientos del pasado. Pensamos que el conocimiento es psicológicamente de gran importancia, pero no lo es. Uno no puede elevarse internamente mediante el conocimiento; el conocimiento tiene que cesar para que lo nuevo sea. ‘Nuevo’ es una palabra para designar algo que nunca ha sido antes. Y eso no puede ser comprendido o captado por las palabras o los símbolos; está ahí, más allá de todos los recuerdos.

[2] Entre el 31 de marzo y esta fecha, Krishnamurti estuvo en Nueva York, donde ofreció dos pláticas en el Felt Forum, Madison Square Garden, y asistió a un seminario organizado por el Dr. David Shainberg.

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Lunes, 18 de abril, 1983

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Había estado lloviendo todo el día y las nubes colgaban bajas sobre el valle, los cerros y las montañas. Los cerros eran por completo invisibles.

Es una mañana más bien sombría, pero hay hojas nuevas, nuevas flores y las cosas pequeñas están creciendo rápidamente. Es primavera, y están todas estas nubes y esta penumbra… La tierra se está recuperando del invierno, y en esta recuperación hay una gran belleza. Ha estado lloviendo casi todos los días por el último mes y medio, con grandes vientos y tormentas que destruyeron muchas casas y produjeron deslizamientos de tierra hacia la parte baja de los cerros. A todo lo largo de la costa se observa una gran destrucción. En esta parte del país todo parece ser muy desmedido. Nunca es lo mismo de un invierno a otro. Un invierno puede no llover casi nada, y en otros inviernos pueden descargarse las lluvias más destructivas, con enormes olas monstruosas que inundan los caminos. Y aunque estábamos en primavera, los elementos jamás se mostraban afables con la tierra.

Por todo el país hay manifestaciones contra clases particulares de guerra, contra la destrucción nuclear. Están el pro y el contra. Los políticos hablan de la defensa, pero de hecho no existe tal defensa; sólo existe la guerra, la matanza de millones de personas. Es ésta una situación bastante difícil. Es un gran problema el que el hombre está afrontando. Un lado quiere expandirse a su propio modo, el otro está apremiando agresivamente, vendiendo armas, originando ciertas definidas ideologías e invadiendo territorios.

El hombre se está formulando ahora una pregunta que debió haberse formulado muchos años antes, no a último momento. Se ha estado preparando para las guerras durante todos los días de su vida. La preparación para la guerra parece ser, desafortunadamente, nuestra tendencia natural. Habiendo recorrido un largo trecho de ese camino, ahora nos preguntamos: ¿Qué haremos? ¿Qué hemos de hacer nosotros, los seres humanos? Al enfrentarnos realmente al problema, ¿cuál es nuestra responsabilidad? Esto es lo que de hecho está afrontando nuestra humanidad actual, no qué tipos de instrumentos de guerra debemos inventar y construir. Siempre originamos una crisis y después nos preguntamos qué hacer. Dada la situación tal como es ahora, los políticos y el gran público en general decidirán con su orgullo nacional y racial, con sus patrias, sus suelos natales y todo eso.

La pregunta es demasiado tardía. La pregunta que tenemos que formularnos, a pesar de la acción inmediata que podamos tomar, es si resulta posible terminar con todas las guerras, no con una clase particular de guerra ‑la nuclear o la ortodoxa- y descubrir muy seriamente cuáles son las causas de la guerra. Hasta que esas causas no se descubran y se disuelvan, ya sea que tengamos guerras convencionales o la forma nuclear de guerra, continuaremos igual y el hombre destruirá al hombre.

De modo que realmente debemos preguntarnos: ¿Cuáles son, esencialmente, fundamentalmente, las causas de la guerra? Tenemos que ver juntos las verdaderas causas, no las inventadas, no las causas románticas, patrióticas y toda esa insensatez, sino ver realmente por qué el hombre prepara el asesinato legal ‑la guerra. Hasta que no investiguemos esto y encontremos la respuesta, las guerras proseguirán. Pero no lo estamos considerando con seriedad suficiente, no estamos intensamente comprometidos en el descubrimiento de las causas de la guerra. Desechando lo que ahora tenemos que afrontar, la inmediatez del problema, la crisis presente, ¿podemos juntos descubrir las verdaderas causas y anularlas, disolverlas? Esto requiere que tengamos el impulso de encontrar la verdad.

Uno tiene que preguntarse por qué existe esta división ‑el ruso, el americano, el inglés, el francés, el alemán, etcétera-, por qué existe esta división entre hombre y hombre, entre raza y raza, cultura contra cultura, una serie de ideologías contra otra. ¿Por qué? ¿Por qué esta separación? El hombre ha dividido la tierra como ‘mía’ y ‘tuya’ ‑¿por qué? ¿Por qué esta separación? ¿Es porque tratamos de encontrar seguridad, autoprotección en un grupo particular, o en una fe o creencia particular? Porque las religiones también han dividido a la humanidad, han puesto al hombre contra el hombre ‑los hindúes, los musulmanes, los cristianos, los judíos, etcétera. El nacionalismo, con su infortunado criterio patriótico, es realmente una forma glorificada, ennoblecida del espíritu tribal. En una tribu pequeña o en una tribu muy grande, impera el sentimiento de estar unidos mediante la misma lengua, las mismas supersticiones, la misma clase de sistema político o religioso. Y ahí uno se siente a salvo, protegido, feliz, cómodo. Y por esa seguridad, por esa comodidad, estamos dispuestos a matar a otros que igualmente desean estar seguros, sentirse protegidos, pertenecer a algo. Este terrible anhelo de identificarnos con un grupo, con una bandera, con un ritual religioso y esas cosas, nos da la sensación de que tenemos raíces, de que no somos nómadas sin hogar. Existe ese deseo, ese apremio por encontrar las propias raíces.

Y también hemos dividido el mundo en esferas de poder económico, con todos sus problemas. Tal vez una de las principales causas de la guerra sea la industria pesada. Cuando la industria y la economía marchan mano a mano con la política, deben inevitablemente alimentar una actividad separativa a fin de mantener su nivel económico. Todos los países, tanto los grandes como los pequeños, están haciendo esto. Los países pequeños son armados por las grandes naciones ‑en algunos casos silenciosamente, subrepticiamente, en otros, abiertamente. La causa de toda esta desdicha, de este sufrimiento y del enorme despilfarro de dinero en armamentos, ¿es el visible mantenimiento del orgullo, del anhelo de ser superiores a otros?

Ésta es nuestra tierra, no la tierra mía o la de él. Hemos nacido para vivir en ella, ayudándonos unos a otros, no destruyéndonos unos a otros. Éste no es ningún disparate romántico, sino el hecho real. Pero el hombre ha dividido la tierra esperando con eso encontrar, en lo particular, la felicidad, la seguridad, un sentido de bienestar duradero. A menos que ocurra un cambio radical y eliminemos todas las nacionalidades, todas las ideologías, todas las divisiones religiosas, y establezcamos una relación global ‑primero psicológicamente, internamente, antes de organizar lo externo- continuaremos con las guerras. Si dañamos a otros, si matamos a otros, ya sea a causa de la ira o mediante el asesinato organizado que se llama guerra, cada uno de nosotros ‑que es el resto de la humanidad, no un ser humano separado que pelea con el resto de la humanidad- se está destruyendo a sí mismo.

Éste es el problema básico, real, que tenemos que comprender y resolver. Hasta que no nos comprometamos dedicándonos a erradicar estas divisiones nacionales, económicas y religiosas, estaremos perpetuando la guerra, seremos responsables por todas las guerras ‑tradicionales o nucleares.

Ésta es, verdaderamente, una cuestión muy importante y urgente: averiguar si el hombre, cada uno de nosotros puede producir este cambio en sí mismo. No decir: «Si yo cambio, ¿tendrá eso algún valor? ¿No será sólo una gota en un lago muy vasto, sin efecto alguno en absoluto? ¿Qué sentido tiene que yo cambie?» Ésta es una pregunta equivocada, porque uno es el resto de la humanidad. Uno es el mundo, no está separado del mundo. Uno no es un americano, un ruso, un hindú o un musulmán. Existimos aparte de estas etiquetas, de estas palabras; cada uno de nosotros es el resto de la humanidad porque su conciencia, sus reacciones, son similares a las de los otros. Podemos hablar un idioma diferente, tener costumbres diferentes, eso es la cultura superficial ‑aparentemente, todas las culturas son superficiales- pero nuestra conciencia, nuestras reacciones, nuestra fe, nuestras creencias e ideologías, nuestros miedos y ansiedades, la soledad, el dolor y el placer que experimentamos, son similares a los del resto de la humanidad. Si uno cambia, ello afectará a toda la humanidad.

Es importante considerar esto ‑no de manera vaga o superficial- al investigar, buscar, examinar las causas de la guerra. La guerra sólo puede comprenderse y se le puede poner fin, si uno mismo y todos aquellos que se interesan profundamente en la supervivencia del ser humano, sienten que son totalmente responsables por la matanza de otros. ¿Qué es lo que nos hará cambiar? ¿Qué hará que nos demos cuenta de la espantosa situación que ahora hemos originado? ¿Qué hará que nos opongamos a toda división ‑religiosa, nacional, ética, etcétera? ¿Lo hará un mayor sufrimiento? ¡Pero si hemos tenido miles y miles de años de sufrimiento y el hombre no ha cambiado! Aún prosigue la misma tradición, el mismo sentimiento tribal, las mismas divisiones religiosas de ‘mi dios’ y ‘tu dios’.

Los dioses y sus representantes los ha inventado el pensamiento; no tienen una realidad factual en nuestra vida cotidiana. Casi todas las religiones han dicho que matar seres humanos es el mayor de los pecados. Mucho antes del cristianismo, los hindúes decían esto, lo decían los budistas, y no obstante la gente mata a pesar de su creencia en un dios, o de su creencia en un salvador y cosas así; y continúa por la senda de la matanza humana. ¿Nos cambiará la recompensa del cielo o el castigo del infierno? Eso también se le ha ofrecido al hombre; y también eso ha fracasado. Ninguna imposición externa, ni leyes, ni sistemas detendrán jamás la matanza del hombre. Ninguna convicción intelectual o romántica pondrá tampoco fin a las guerras. Éstas terminarán sólo cuando cada uno de nosotros, como los demás seres humanos, veamos la verdad de que mientras siga habiendo división en cualquiera de sus formas, tiene que haber conflicto, limitado o amplio, reducido o expansivo, tiene que haber lucha, dolor. De modo que uno es responsable, no sólo hacia sus hijos, sino hacia el resto de la humanidad. A menos que esto se comprenda profundamente, no de manera verbal o a base de ideas o del mero intelecto, sino que lo sintamos en nuestra sangre, en nuestro modo de mirar la vida, en nuestras acciones, estaremos sosteniendo el asesinato organizado que llamamos ‘guerra’. La instantánea percepción de esto es mucho más importante que la respuesta inmediata a un problema que es la consecuencia de miles de años en que el hombre viene matando al hombre.

El mundo está enfermo, y no hay nadie de afuera que pueda ayudarlo a uno, excepto uno mismo. Hemos tenido líderes, especialistas, toda clase de agentes externos, incluyendo a Dios ‑y no han tenido efecto, no han ejercido influencia alguna sobre nuestro estado psicológico. Ellos no pueden guiarnos. Ningún estadista, ningún maestro, ningún gurú, nadie puede hacer que en lo interno seamos fuertes y supremamente sanos. En tanto estemos en desorden, en tanto no mantengamos nuestra casa interna en una condición apropiada, en un estado correcto, crearemos el profeta externo, y éste siempre nos llevará por un camino engañoso. Nuestra casa está en desorden, y nadie en esta tierra o en el cielo puede producir orden en nuestra casa. A menos que uno comprenda por sí mismo la naturaleza del desorden, la naturaleza del conflicto, la naturaleza de la división, la casa de uno ‑que es uno mismo- siempre permanecerá en desorden, estará en guerra.

No es cuestión de quién tiene el más grande poder militar. Es más bien el problema del hombre contra el hombre; es el hombre el que ha creado las ideologías, y estas ideologías que el hombre ha creado están las unas contra las otras. Hasta que estas ideas, estas ideologías, lleguen a su fin y cada hombre se vuelva responsable por los otros seres humanos, no podrá haber paz en el mundo.

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Jueves, 31 de marzo, 1983

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Es el segundo día que gozamos de una exquisita mañana primaveral. Todo es aquí extraordinariamente bello. Llovió copiosamente la noche anterior, y todas las cosas están bañadas y limpias, todas las hojas relucen brillantes a la luz del sol. El aire está impregnado con el perfume de muchas flores y el cielo azul se halla salpicado de nubes pasajeras. La belleza de una mañana así es intemporal. No es esta mañana; es la mañana del mundo. Es la mañana de un millar de oyeres. Es la mañana que uno espera que continúe, que dure eternamente. Es una mañana plena de luz, una luz solar suave, resplandeciente, clara, y el aire es muy puro aquí, a bastante altura sobre el valle. Los naranjos y sus frutos de un amarillo brillante han sido lavados y relucen como si ésta fuera la primera mañana de su nacimiento. La tierra está cargada de lluvia y en las altas montañas hay nieve. Es realmente una mañana intemporal.

Al otro lado, las montañas distantes que encierran este valle ansían el sol, porque la noche ha sido fría y todas las rocas y los guijarros y el pequeño torrente, parecen estar atentos y llenos de vida.

Uno está sentado quietamente, lejos de todo, y contempla el cielo azul, percibe toda la tierra, la pureza y la belleza de todas las cosas que viven y se mueven sobre esta tierra ‑excepto el hombre, por supuesto. El hombre es lo que es ahora, después de muchos miles de siglos. Y es posible que continúe de la misma manera; lo que él es ahora, es lo que será mañana y en millares de mañanas. El tiempo, la evolución, lo ha traído hasta lo que hoy es. El futuro será lo que el hombre es ahora, a menos, desde luego, que haya una mutación profunda y duradera en la totalidad de su psique.

El tiempo se ha vuelto extraordinariamente importante para el hombre, para todos nosotros ‑tiempo para aprender, para adquirir una destreza, tiempo para llegar a ser esto o aquello, y tiempo para morir; tiempo tanto exteriormente en el mundo físico, como tiempo en el mundo psicológico. Es necesario disponer de tiempo para aprender un idioma, para aprender a manejar un automóvil, para aprender a hablar, para adquirir conocimientos. Si Uno no dispusiera de tiempo, no podría unir entre sí las cosas que se requieren para construir una casa, para colocar ladrillo sobre ladrillo. Necesitamos tiempo para ir de aquí hasta donde queremos ir. El tiempo es un factor extraordinario en nuestra vida ‑para adquirir, para administrar, para recuperar la salud, para escribir una simple carta. Y, al parecer, creemos que necesitamos del tiempo psicológico, el tiempo de lo que ha sido, modificado ahora y continuando en el futuro. El tiempo es el pasado, el presente y el futuro. Internamente, el hombre asegura su esperanza en el tiempo; la esperanza es tiempo, el futuro, los infinitos mañanas, tiempo para llegar a ser algo internamente ‑uno es ‘esto’, uno llegará a ser ‘aquello’. El llegar a ser, el devenir, igual que en el mundo físico, desde el pequeño empresario al gran empresario, desde la persona sin importancia a lo más alto en alguna profesión ‑devenir.

Creemos que necesitamos tiempo para cambiar de ‘esto’ a ‘aquello’. Las palabras mismas ‘cambio’ y ‘esperanza’, intrínsecamente implican tiempo. Uno puede entender que el tiempo es necesario para viajar, para llegar a un puerto, para aterrizar después de un largo vuelo hasta el lugar deseado. El lugar deseado es el futuro. Eso es bastante obvio, y el tiempo es necesario en el reino del logro, de la ganancia, de la eficiencia en alguna profesión, en una carrera que exige adiestramiento. Ahí, el tiempo no sólo parece necesario, sino que tiene que existir. Y este mismo movimiento, este devenir, lo extendemos al mundo de la psique. Pero, ¿existe en absoluto un devenir psicológico? Nunca cuestionamos eso. Lo hemos aceptado como algo natural. Las religiones, los libros evolucionistas, nos han informado que necesitamos tiempo para cambiar de ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’. La distancia cubierta es tiempo.

Y hemos aceptado que hay cierto placer y dolor en el llegar a ser no‑violento cuando uno es violento, que alcanzar el ideal requiere de una enorme cantidad de tiempo. Y hemos seguido ciertamente este patrón todos los días de nuestra vida, lo hemos seguido sin cuestionarlo jamás. No dudamos. Seguimos el viejo patrón tradicional. Y tal vez ésa sea una de las desdichas del hombre ‑la esperanza de realización, y el dolor de ver que esa realización no se alcanza, no se obtiene fácilmente. ¿Existe realmente el tiempo en el mundo psicológico -o sea, cambiar eso que es, en algo por completo diferente? ¿Por qué existen en absoluto los ideales, las ideologías, ya sean políticas o religiosas? ¿No es éste uno de los conceptos divisivos del hombre que han generado conflicto? Después de todo, las ideologías, la derecha, la izquierda o el centro, son creadas por el estudio, por la actividad del pensamiento que sopesa, juzga y llega a una conclusión cerrando así la puerta a toda investigación mas completa. Las ideologías han existido tal vez tanto como el hombre puede recordar. Son como la creencia o la fe, que separan al hombre del hombre. Y esta separación se origina a través del tiempo. El ‘yo’, el ego, la persona, de la familia al grupo, a la tribu, a la nación.

Uno se pregunta si las divisiones tribales podrán superarse alguna vez. El hombre ha tratado de unificar las naciones, que son realmente una forma glorificada del espíritu tribal. No podemos unificar las naciones. Siempre seguirán estando separadas. La evolución genera grupos separados. Y nosotros continuamos con las guerras, las religiosas y las otras. Y el tiempo no ha de cambiar esto. El conocimiento, la experiencia, las conclusiones definidas, jamás producirán una comprensión global, una relación global, una mente global.

De modo que la pregunta es: ¿Hay posibilidad de producir un cambio en ‘lo que es’, en la realidad, haciendo totalmente caso omiso del tiempo? ¿Hay posibi1idad de cambiar la violencia ‑no tratando de convertirnos en no‑violentos, lo cual constituye meramente el opuesto de ‘lo que es’? El opuesto de ‘lo que es’, es sólo otro movimiento del pensar. Nos preguntamos: ¿Puede la envidia, con todas sus implicaciones, cambiar sin que el tiempo esté involucrado en ello, sabiendo uno que la misma palabra ‘cambiar’ implica tiempo? ‑ni siquiera diremos ‘transformarse’, porque esa misma palabra ‘transformarse’ significa moverse de una forma a otra. ¿Puede, pues, la envidia terminar radicalmente sin la intervención del tiempo?

El tiempo es pensamiento. El tiempo es pasado. El tiempo es motivo. Sin motivo alguno, ¿puede haber cambio? ¿Acaso la misma palabra motivo no implica ya una dirección, una conclusión? Y cuando hay un motivo, realmente no existe cambio alguno en absoluto. El deseo es, por otra parte, una cosa bastante compleja, compleja en su estructura. El deseo de producir un cambio, o la voluntad de cambiar, se convierten en el motivo y, por tanto, ese motivo distorsiona aquello que ha de experimentar el cambio, aquello que ha de terminarse. La terminación de algo no contiene tiempo.

Las nubes se están reuniendo lentamente alrededor de la montaña, y se mueven hasta oscurecer el sol; es probable que llueva nuevamente, como ayer. Porque aquí, en esta parte del mundo, es la estación de las lluvias. Nunca llueve durante la época del verano; cuando el tiempo es caluroso y seco, este valle está desierto. Más allá de los cerros, el desierto se extiende amplio, inacabable y yermo. Y otras veces se ve muy hermoso, tan vasto en su espacio. Su propia vastedad hace de él un desierto. Cuando la primavera termina, hace más y más calor; los árboles parecen marchitarse, las flores han desaparecido y la temperatura alta y seca limpia nuevamente todas las cosas.

«Señor, ¿por qué dice usted que el tiempo es innecesario Para el cambio?»

«Averigüemos cuál es la verdad del asunto, sin aceptar ni rechazar lo que uno ha dicho al respecto, sino sosteniendo un diálogo para explorar juntos esta cuestión. Uno ha sido educado para creer ‑ y ésa es la tradición ‑ que el tiempo es necesario para el cambio. Es así, ¿no? Usamos el tiempo para convertir lo que somos en algo mas grande, en algo ‘más’. No estamos hablando del tiempo físico, del tiempo necesario para lograr una destreza física, sino que más bien estamos considerando si la psique puede llegar a ser algo más que lo que es, si puede llegar a ser mejor de lo que es, si puede alcanzar un estado más alto de conciencia. Todo eso es el movimiento de la medida, de la comparación. Nos estamos preguntando juntos, ¿no es así?, qué implica el cambio.

Vivimos en desorden, confusos, inseguros, reaccionando contra esto y a favor de aquello, buscando la recompensa y evitando el castigo. Queremos estar seguros, aunque todo lo que hacemos parece generar inseguridad. Esto, y más, es lo que produce desorden en nuestra vida cotidiana. Usted no puede ser desordenado o negligente, por ejemplo, en los negocios. Tiene que ser preciso, tiene que pensar con claridad, con lógica. Pero esta misma actitud no la extendemos al mundo psicológico. Tenemos este constante impulso de alejarnos de ‘lo que es’, de convertirnos en otra cosa que la comprensión de ‘lo que es’, de eludir las causas del desorden».

«Eso lo entiendo», dijo el interlocutor. «Realmente escapamos de ‘lo que es’. Jamás consideramos atentamente, diligentemente, qué es lo que ocurre, qué está sucediendo ahora en cada uno de nosotros. Sólo tratamos de reprimir o de trascender ‘lo que es’. Si experimentamos un gran sufrimiento ‑psicológico, interno- nunca lo observamos cuidadosamente. Queremos borrarlo de inmediato, encontrar algún consuelo. Y siempre está la lucha por alcanzar un estado libre de dolor, un estado en el que no haya desorden. Pero el intento mismo de producir orden, parece incrementar el desorden o generar otros problemas».

«No sé si ha notado usted que cuando los políticos tratan de resolver un problema, esa misma solución multiplica otros problemas. También esto prosigue todo el tiempo».

«¿Está usted diciendo, señor, que el tiempo no es un factor de cambio? Esto puedo captarlo vagamente, pero no estoy muy seguro de comprenderlo en realidad. De hecho, lo que usted sostiene es que si tengo un motivo para cambiar, ese motivo se vuelve un obstáculo para el cambio, porque ese motivo es mi deseo, es mi impulso por alejarme de aquello que es desagradable o perturbador, para ir hacia algo mucho más satisfactorio, algo que me dará una felicidad mayor. De modo que un motivo o una causa ya han dictado, o han moldeado la finalidad, la finalidad psicológica. Esto lo entiendo, empiezo a vislumbrar lo que usted expresa. Estoy comenzando a percibir la implicación que tiene el cambio sin tiempo».

«Formulémonos entonces la pregunta: ¿Existe una percepción intemporal de ‘lo que es’? O sea, el mirar, el observar ‘lo que es’ sin que intervenga el pasado, sin todos los recuerdos acumulados, los nombres, las palabras, las reacciones ‑mirar ese sentimiento, esa reacción que llamamos, por ejemplo, ‘envidia’. Observar este sentimiento sin el actor ‑el actor, que es toda la rememoración de las cosas que han ocurrido con anterioridad.

»El tiempo no es solamente la salida y puesta del sol, o el ayer, el hoy y el mañana. El tiempo es algo mucho más complicado, intrincado y sutil. Y para comprender realmente la naturaleza y profundidad del tiempo, uno ha de meditar sobre la cuestión de si el tiempo puede detenerse; no un tiempo ficticio ni el de la imaginación que evoca tantas probabilidades románticas, fantásticas, sino el tiempo que está en el campo de la psique ‑si ese tiempo puede cesar verdaderamente, de hecho. Ésa es realmente la cuestión. Uno puede analizar la naturaleza del tiempo, investigarla y tratar de descubrir si la continuidad de la psique es una realidad, o si es la esperanza del hombre por aferrarse a algo que le ofrezca alguna clase de seguridad, de consuelo. ¿Tiene el tiempo sus raíces en el cielo? Cuando uno mira los cielos, los planetas y el inimaginable número de las estrellas, se pregunta si ese universo puede ser comprendido por la cualidad de la mente que está ligada al tiempo. ¿Es necesario el tiempo para captar, para comprender todo el movimiento del cosmos y del ser humano ‑para ver instantáneamente lo que siempre es verdadero?

»Si es que puede uno señalarlo, tenemos que contener esto en nuestra mente, no pensar al respecto sino sólo observar todo el movimiento del tiempo, que es realmente el movimiento del pensar. El pensamiento y el tiempo no son dos cosas diferentes, dos movimientos, dos acciones diferentes. El tiempo es pensamiento y el pensamiento es tiempo. ¿Existe, para expresarlo de una manera diferente, la terminación total del pensamiento? O sea, la terminación del conocimiento. El conocimiento es tiempo, el pensamiento es tiempo, y nos estamos preguntando si este proceso acumulativo del conocimiento que recoge más y más información, que persigue más y más las intrincaciones de la existencia, si este proceso puede llegar a su fin.

¿Puede el pensamiento, que después de todo es la esencia de la psique ‑los temores, los placeres, las ansiedades, la soledad, el dolor, y el concepto del yo (‘yo’ como separado de otro)- puede esa actividad centrada en uno mismo, toda esa actividad egocéntrica, llegar a su fin? Cuando llega la muerte, hay un final para todo eso. Pero no hablamos de la muerte, del final definitivo; nos estamos preguntando si podemos percibir realmente que el pensamiento, el tiempo, tienen un final.

»El conocimiento, después de todo, es la acumulación, a través del tiempo, de numerosas experiencias, el registro de múltiples incidentes, acontecimientos, etc.; este registro se almacena naturalmente en el cerebro, este registro es la esencia del tiempo. ¿Podemos descubrir cuándo el registro es necesario, y si el registro psicológico es necesario en absoluto? No es cuestión de que el conocimiento y la pericia que son necesarios se separen de lo otro, sino de empezar a comprender la naturaleza del registrar, comprender por qué los seres humanos registran y luego reaccionan a partir de ese registro.

Cuando alguien nos insulta o nos lastima psicológicamente con una palabra, con un gesto, con una acción, ¿por qué debería registrarse esa ofensa? ¿Es posible no registrar la alabanza ni el insulto, de modo que la mente no se desordene jamás, de modo que tenga un vasto espacio, y la psique de la cual somos conscientes como el ‘yo’ ‑que a su vez es creado por el pensamiento y el tiempo- llegue a su fin? Siempre estamos temerosos de algo que jamás hemos visto o percibido ‑de algo que no hemos experimentado. Uno no puede experimentar la verdad. Para experimentar, tiene que haber un experimentador. El experimentador es el resultado del tiempo, de la memoria acumulada, del conocimiento, etcétera.

»Como dijimos al principio, el tiempo exige una comprensión rápida, atenta, vigilante. En nuestra vida cotidiana, ¿podemos existir sin el concepto del futuro? No el concepto ‑perdóneme, no la palabra ‘concepto’- pero, ¿puede uno vivir internamente sin el tiempo? Las raíces del cielo no están en el tiempo y el pensamiento».

«Señor, lo que usted dice se ha vuelto verdaderamente una realidad en la vida cotidiana. Sus diversas declaraciones acerca del tiempo y del pensamiento parecen ahora, mientras le escucho, tan sencillas, tan claras… y tal vez por un segundo o dos el tiempo cesa, se detiene. Pero cuando regrese a mi rutina ordinaria, con la fatiga y el hastío de todo eso ‑hasta el placer se vuelve más bien fastidioso- cuando regrese volveré a tomar los viejos hilos. Parece tan extraordinariamente difícil soltar los viejos hilos y mirar, sin reacción alguna, el paso del tiempo. Pero estoy empezando a comprender (y espero que no sea sólo verbalmente) que existe una posibilidad de no registrar, si puedo usar esa palabra. Me doy cuenta de que yo soy el registro.

He sido programado para ser esto o aquello. Eso puede uno verlo con bastante facilidad, y tal vez pueda descartarlo por completo. Pero la terminación del pensamiento y de las intrincaciones del tiempo requiere una observación intensa, muchísima investigación. Pero, ¿quién es el que va a investigar, puesto que el investigador mismo es el resultado del tiempo? Capto algo. Lo que usted realmente dice es: Sólo observar sin reacción alguna, prestar atención total a las cosas comunes de la vida, y ahí descubrir la posibilidad de terminar con el tiempo y el pensamiento. Verdaderamente, ha sido ésta una interesante conversación».

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Viernes, 25 de marzo, 1983

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Krishnamurti – La naturaleza de la mente #2

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En el comedero de los pájaros había una docena o más de ellos piando, picoteando los granos, pugnando, peleándose entre sí, y cuando llegó otro pájaro grande todos escaparon batiendo las alas. Cuando el pájaro grande volvió a irse, regresaron con su parloteo, riñendo, piando, haciendo una bulla tremenda. Pronto pasó cerca un gato, y hubo agitación, chillidos y un gran alboroto. Ahuyentaron al gato ‑era uno de esos gatos salvajes, no un gato mimado; hay muchos de esos gatos salvajes alrededor de aquí, los hay de diferentes formas, tamaños y colores. En el comedero había pájaros durante todo el día, algunos pequeños, otros grandes, y después llegó una urraca regañando a todos, a todo el universo, y ahuyentó a los otros pájaros ‑o más bien se fueron cuando la urraca llegó. Estaban todos muy alertas a causa de los gatos. Y cuando estuvo cercano el anochecer, todos los pájaros volaron y hubo silencio, quietud, paz. Los gatos iban y venían, pero ya no había pájaros.

Esa mañana las nubes estaban llenas de luz y el aire contenía la promesa de más lluvias. Había estado lloviendo durante las últimas semanas. Hay un lago artificial, y las aguas estaban a punto de desbordarse. Todas las hojas verdes y los arbustos y los grandes árboles aguardaban la presencia del sol, que no había aparecido con ese brillo que tiene el sol californiano; por algunos días no había mostrado su rostro.

Uno se pregunta cuál es el futuro de la humanidad, el futuro de todos esos niños que vemos gritando, jugando, con sus rostros tan felices, dulces y hermosos -¿cuál es el futuro de ellos? El futuro es lo que somos ahora. Esto ha sido así históricamente por muchos miles de años ‑el vivir y el morir, y todo el tormento de nuestras existencias. Parece que no prestamos mucha atención al futuro. Vemos en la televisión el interminable entretenimiento que se desarrolla desde la mañana hasta tarde en la noche excepto en uno o dos canales, pero las transmisiones de éstos son muy breves y no demasiado serias. Los niños se entretienen. Todos los comerciales alimentan la sensación de que con esto se nos distrae. Y ello ocurre prácticamente en todo el mundo. ¿Cuál será el futuro de estos niños? Está el entretenimiento del deporte ‑treinta, cuarenta mil espectadores mirando a unas pocas personas en el campo de juego y gritando hasta quedarse roncos. Y uno también va y presencia alguna ceremonia que se realiza en una gran catedral, algún ritual, y eso también es una forma de entretenimiento, sólo que lo llamamos sagrado, religioso, pero sigue siendo un entretenimiento ‑una experiencia romántica, sentimental, una sensación de religiosidad. Observando todo esto en diferentes partes del mundo, viendo cómo la mente está ocupada con la diversión, el entretenimiento, el deporte, es inevitable que uno se pregunte, si es que de algún modo le interesa: ¿Qué será del futuro? ¿Más de lo mismo en formas diferentes? ¿Una variedad de diversiones?

Tenemos que considerar, pues, si es que de alguna manera nos damos cuenta de lo que nos está pasando, cómo los mundos del entretenimiento y del deporte están aprisionando nuestra mente, moldeando nuestra vida. ¿Adónde conduce todo esto? ¿O acaso es algo que no nos interesa en absoluto? Probablemente no nos preocupa. Quizá ni hemos pensado al respecto, o, si lo hemos hecho, tal vez digamos que es demasiado complejo, demasiado alarmante, demasiado peligroso pensar en los años venideros ‑no en nuestra vejez particular sino en el destino (si se puede usar esa palabra), en el resultado de nuestro actual estilo de vida, lleno de toda clase de sentimientos y búsquedas románticas, emocionales, sentimentales, y con todo el mundo del entretenimiento golpeando contra nuestra mente. Si de algún modo nos damos cuenta de todo esto, ¿cuál es el futuro de la humanidad?

Como dijimos antes, el futuro es lo que somos ahora. Si no hay un cambio ‑no adaptaciones superficiales, no ajustes superficiales a algún patrón político, religioso o social, sino un cambio mucho más profundo que exige nuestra atención, nuestro cuidado, nuestro afecto- si no hay un cambio fundamental, entonces el futuro es lo que estamos haciendo cada día de nuestra vida en el presente. ‘Cambio’ es una palabra más bien difícil ¿Cambiar a qué? ¿Cambiar de un patrón a otro patrón? ¿De un concepto a otro concepto? ¿De un sistema político o religioso a otro? ¿Cambiar de esto a aquello? Aquello sigue estando en el reino, o en el campo de ‘lo que es’. El cambiar a aquello es proyectado por el pensamiento, formulado por el pensamiento, decidido por el proceso material.

Uno debe, pues, investigar cuidadosamente esta palabra ‘cambio’. ¿Hay cambio si existe un motivo? ¿Hay cambio si existe una dirección particular, una finalidad particular, una conclusión que parece sensata, racional? O tal vez una expresión mejor que ‘cambio’ sea, ‘terminación de lo que es’. La terminación, no el movimiento de ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’. Eso no es verdadero cambio. Pero la terminación, la cesación, la… ¿cuál es la palabra apropiada?… pienso que ‘terminación’ es una buena palabra, así que atengámonos a ella. La terminación. Pero si la terminación tiene un motivo, un propósito, si es un asunto de decisión, entonces es meramente un cambio de esto a aquello. La palabra ‘decisión’ implica una acción de la voluntad: ‘Yo haré esto’, ‘yo no haré aquello’. Cuando en el acto de terminar con algo se introduce el deseo, éste se convierte en la causa de la terminación. Donde hay una causa hay un motivo, y entonces no existe en absoluto una verdadera terminación.

El siglo veinte ha conocido una gran cantidad de cambios producidos por dos guerras devastadoras, y el materialismo dialéctico, y el escepticismo con respecto a las creencias religiosas, a las actividades de los rituales, etc., aparte del mundo tecnológico que ha dado origen a muchísimos cambios; y habrá futuros cambios cuando la computadora esté completamente desarrollada ‑nos hallamos sólo en el comienzo de ese desarrollo. Entonces, cuando la computadora tome el mando, ¿qué va a ocurrir con nuestras mentes humanas? Pero ésta es otra cuestión.

Cuando la industria del entretenimiento asume la dirección, tal como gradualmente lo está haciendo ahora, cuando los jóvenes, los niños, los estudiantes son constantemente instigados al placer, a la fantasía, a la sensualidad romántica, las palabras moderación y austeridad se dejan a un lado y ni siquiera se les dedica jamás un solo pensamiento. La llamada austeridad de los monjes, de los sannyasis que niegan el mundo, que visten sus cuerpos con alguna clase de uniforme o un simple taparrabo ‑esta negación del mundo material, ciertamente no es austeridad. Es probable que la mayoría ni siquiera escuche esto, que no preste atención a las implicaciones que tiene la austeridad. Cuando desde la infancia se nos ha educado para que nos divirtamos y escapemos de nosotros mismos mediante los entretenimientos, religiosos o de otra índole, y cuando la mayoría de los psicólogos dicen que debemos expresar todo lo que sentimos y que cualquier forma de abstinencia o restricción es nociva y conduce a diversas formas de neurosis, es natural que entremos más y más en el mundo del deporte, de las diversiones y los entretenimientos, todo lo cual nos ayuda a escapar de nosotros mismos, de lo que somos.

Comprender la naturaleza de lo que somos, comprenderlo sin distorsión alguna, sin ningún prejuicio, sin ningún tipo de reacciones ante lo que descubrimos que somos, es el principio de la austeridad. La observación, la percepción alerta de cada pensamiento, de cada sentimiento, sin refrenarlos, sin controlarlos, sino observándolos como observamos un pájaro que vuela, sin introducir en tal observación los propios prejuicios y distorsiones -ese observar da origen a un extraordinario sentido de austeridad que está mucho más allá de toda restricción, de todo el tonto engañarnos a nosotros mismos y de toda esta idea del mejoramiento propio, de la propia realización personal. Todo eso es más bien infantil. En este observar existe una gran libertad, y en ella reside el sentido de dignidad que hay en la austeridad. Pero si uno dijera todo esto a un moderno grupo de estudiantes o niños, ellos probablemente mirarían hacia afuera por la ventana llenos de aburrimiento, porque este mundo sólo está dispuesto a la persecución del propio placer.

Una gran ardilla de color castaño amarillento bajó del árbol, subió al comedero, mordisqueó unos pocos granos y se sentó ahí, en la parte superior, mirando alrededor con sus ojos como dos grandes cuentas brillantes y su curva cola levantada; una criatura maravillosa. Permaneció allí por un momento y después bajó, recorrió unas cuantas rocas, y finalmente se lanzó hacia lo alto del árbol y desapareció.

Al parecer, el hombre siempre ha escapado de sí mismo, de lo que él es, eludiendo ver adónde va, huyendo de todo esto que le concierne ‑el universo, su vida cotidiana, el morir y el comenzar. Es extraño que nunca nos demos cuenta de que por mucho que escapemos de nosotros mismos, por mucho que podamos alejarnos de manera consciente, deliberada, inconsciente o sutil, el conflicto, el placer, el dolor, el miedo, etc., siempre están ahí. Y finalmente dominan. Uno puede tratar de reprimirlos, puede tratar de apartarlos deliberadamente por un acto de la voluntad, pero vuelven a la superficie. Y el placer es uno de los factores que predominan; también conlleva los mismos conflictos, el mismo dolor, el mismo hastío. El cansancio y el desgaste del placer forman parte de esta confusión que es nuestra vida. No podemos eludir esto. No podemos escapar de esta insondable confusión a menos que realmente le dediquemos cierta reflexión, y no sólo reflexión, sino que veamos con atención cuidadosa, con diligente vigilancia todo el movimiento del pensar y del yo. Muchos podrán decir que esto es demasiado fatigoso, tal vez innecesario. Pero si no le prestamos atención, si no le hacemos caso, el futuro no sólo va a ser más destructivo, más intolerable sino que carecerá de mayor significación. Éste no es un punto de vista deprimente, desalentador; es realmente así. Lo que somos ahora, es lo que seremos en los días que vendrán. No podemos evitarlo. Es algo tan preciso como la salida y puesta del sol. Esto lo compartirán todos los seres humanos, toda la humanidad, a menos que cambiemos todos, cada uno de nosotros, que cambiemos hacia algo que no sea proyectado por el pensamiento.

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Viernes, 18 de marzo, 1983

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Las nubes estaban muy bajas esta mañana. Había llovido la última noche, no demasiado, pero eso regó la tierra, la nutrió, la enriqueció. En una mañana como ésta ‑con los cerros flotando entre las nubes y con semejante cielo- cuando uno piensa en la enorme energía que el hombre ha gastado sobre esta tierra, en el vasto progreso tecnológico de los últimos cincuenta años, en todos los ríos más o menos contaminados, en el desperdicio de energía dedicada a este perpetuo entretenimiento… todo eso se ve muy extraño y muy enfermizo.

En la galería, esta mañana el tiempo está muy lejos del hombre ‑el tiempo como movimiento, el tiempo como el ir de aquí hasta allá, el tiempo para aprender, el tiempo para actuar, el tiempo como un medio para cambiar de esto a aquello en las cosas comunes de la vida. Uno puede entender que el tiempo sea necesario para aprender un idioma, para aprender alguna destreza, para construir un avión, para armar una computadora, para viajar alrededor del mundo; el tiempo de la juventud, el tiempo de la vejez, el tiempo como el sol que se pone o como el sol que se levanta lentamente sobre los cerros, el tiempo de las largas sombras y del crecimiento de un árbol que madura poco a poco, el tiempo para llegar a ser un buen jardinero, un buen carpintero, etcétera. En el mundo físico, en la acción física, el tiempo se vuelve indispensable y útil.

¿Es que trasladamos y extendemos el mismo uso del tiempo al mundo psicológico? ¿Extendemos este modo de pensar, de actuar, de aprender, al mundo que está bajo la piel, que está en el área de la psique, como esperanza, como llegar a ser esto o aquello, como mejoramiento propio? Suena más bien absurdo ‑cambiar de esto a aquello, de ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’. Pensamos que el tiempo es necesario para cambiar toda la compleja cualidad de la violencia transformándola en lo que no es violento.

Sentado tranquilamente a solas en la galería que da sobre el largo y ancho valle, uno casi podía contar las hileras de naranjos, los huertos bellamente conservados. Ver la belleza de la tierra, del valle, no involucra al tiempo, pero el trasladar esa percepción a un lienzo o a un poema, requiere tiempo. Tal vez usamos el tiempo como un medio de escapar de ‘lo que es’, de lo que somos, de lo que el futuro será para nosotros mismos y para el resto de la humanidad.

En el reino psicológico, el tiempo es el enemigo del hombre. Queremos que la psique evolucione, crezca, se expando, se realice, se convierta en algo más que lo que es. Jamás ponemos en tela de juicio la validez de tal deseo, de tal concepto; fácilmente, quizá muy contentos, aceptamos que la psique puede evolucionar, florecer, y que un día habrá paz y felicidad en el mundo. Pero en realidad no existe la evolución psicológica.

Hay un colibrí que va de flor en flor, ¡un resplandor intenso en esta quieta luz, con tanta vitalidad en esa pequeñita criatura! La rapidez de las alas y el ritmo tan fantástico y constante; parece capaz de moverse hacia adelante y hacia atrás. Es algo maravilloso observarlo, sentir la delicadeza, el color brillante, y sorprenderse de esa belleza tan diminuta, tan veloz y que tan rápidamente ha desaparecido… Y hay un sinsonte sobre el cable telefónico. Otro pájaro está posado en la copa de aquel árbol y desde allí examina todo el mundo. Ha estado sin moverse de ahí por más de media hora, pero vigilando, moviendo su cabecita para advertir el más mínimo peligro. Y ahora también ha desaparecido. Las nubes están comenzando a alejarse, ¡y qué verdes se ven los cerros!

Como se ha dicho, la evolución psicológica no existe. La psique nunca puede devenir o desarrollarse hasta convertirse en algo que no es. El orgullo y la arrogancia no pueden convertirse sino en un orgullo y una arrogancia mayores, ni puede el egoísmo, que es el destino común a todos los seres humanos, llegar a ser otra cosa que más y más egoísmo, más y más de su propia naturaleza. Es más bien alarmante darse cuenta de que la propia palabra ‘esperanza’ contiene todo el mundo del futuro. Este movimiento de ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’ es una ilusión, es realmente ‑si uno puede usar esa palabra- una mentira. Aceptamos como una cuestión de hecho lo que el hombre ha repetido a través de los siglos, pero cuando empezamos a cuestionar, a dudar, podemos ver muy claramente ‑si es que queremos verlo y no lo ocultamos detrás de alguna imagen o alguna antojadiza construcción verbal- la naturaleza y estructura de la psique, del ego, del ‘yo’. El ‘yo’ jamás puede convertirse en algo mejor. Lo intentará, pensará que puede, pero el ‘yo’ subsiste siempre en sutiles formas. Se esconde tras de muchas vestiduras, adopta múltiples estructuras; varía de vez en cuando, pero siempre existe este ‘yo’, esta actividad separativa, egocéntrica que imagina que un día hará de sí misma algo que en realidad no es.

Uno ve, pues, que no existe una evolución del yo; sólo existe la terminación del egoísmo, de la ansiedad, de la aflicción y el dolor que constituyen el contenido de la psique, del ‘yo’. Sólo existe el fin de todo eso, y ese fin no requiere tiempo. No es que todo eso vaya a terminar pasado mañana. Terminará solamente cuando exista la percepción de ese movimiento. Una percepción no sólo objetiva, sin distorsión, sin prejuicio alguno, sino libre de todas las acumulaciones del pasado. Ser testigo de todo esto sin el observador ‑el observador pertenece al tiempo, y por mucho que quiera producir una mutación en sí mismo seguirá siendo el observador; los recuerdos, por gratos que puedan ser, carecen de realidad, son cosas del pasado, cosas desaparecidas, terminadas, muertas. Sólo observando sin el observador, uno comprende realmente la naturaleza del tiempo y la terminación del tiempo.

El colibrí ha regresado. Un rayo de sol que se filtra por una abertura de las nubes, lo ha atrapado haciendo destellar sus colores, el largo y fino pico y el movimiento rápido de las alas. La pura observación de ese pequeño pájaro, el sólo observarlo sin reacción alguna, es observar todo el mundo de la belleza.

«El otro día le escuché decir que el tiempo es el enemigo del hombre. Usted explicó brevemente algo al respecto. Parece una afirmación muy extravagante. Y usted ha hecho otras declaraciones similares. He encontrado que algunas de ellas son verdaderas, naturales, pero mi mente nunca puede ver con facilidad lo real, la verdad, el hecho. Me estuve preguntando, y también lo pregunté a otros, por qué nuestras mentes se han vuelto tan torpes, tan lerdas, por qué no podemos ver instantáneamente si algo es falso o verdadero. ¿Por qué necesitamos explicaciones para cosas que parecen tan obvias, si usted ya las ha explicado? ¿Por qué yo, o cualquiera de nosotros, no ve la verdad de este hecho? ¿Qué ha sucedido con nuestras mentes? Me gustaría, si es posible, dialogar sobre esto con usted a fin de averiguar por qué mi mente no es sutil, rápida. ¿Y puede esta mente, que ha sido adiestrada y educada, llegar alguna vez a ser real y profundamente rápida, sutil, y ver algo instantáneamente, percibiendo la cualidad y la verdad o falsedad de ello?»

«Señor, comencemos por inquirir por qué nos hemos convertido en esto que somos. Ciertamente, ello nada tiene que ver con la vejez. ¿Es por el modo en que vivimos -el beber, el fumar, las drogas, el bullicio, la fatiga de la perpetua ocupación? Tanto exteriormente como interiormente, estamos siempre ocupados con algo. ¿Es la naturaleza misma del conocimiento la que contribuye a esto? Se nos adiestra para adquirir conocimientos -a través del colegio, de la universidad o en la acción de ejecutar algo hábilmente. ¿Es el conocimiento uno de los factores de esta falta de sutileza? Nuestros cerebros están llenos de muchísimas cosas, han reunido una gran cantidad de información proveniente de la televisión y de todos los diarios y revistas, y registran lo más que pueden; están todo el tiempo absorbiendo, reteniendo. ¿Es, pues, el conocimiento uno de los factores que destruye la sutileza de la mente? Pero no podemos desembarazarnos de nuestros conocimientos o dejarlos de lado; tenemos que poseerlos. Señor, usted necesita del conocimiento para manejar un automóvil, para escribir una carta, para realizar distintas gestiones; hasta tiene que poseer alguna clase de conocimiento para saber cómo empuñar una pala. Por supuesto que los necesita. Tenemos que poseer conocimientos en el mundo de la actividad cotidiana.

»Pero estamos hablando del conocimiento acumulado en el mundo psicológico, el conocimiento que hemos reunido acerca de nuestra esposa, si es que tenemos una esposa; ese conocimiento mismo de haber vivido con nuestra esposa por diez días o por cincuenta años, ha embotado nuestro cerebro, ¿no es así? Los recuerdos, los imágenes, todo está almacenado ahí. Estamos hablando de esta clase de conocimiento interno. El conocimiento tiene sus propias sutilezas superficiales ‑cuándo ceder, cuándo resistir, cuándo acumular y cuándo no- pero nosotros estamos preguntando otra cosa: ese conocimiento mismo, ¿no hace que nuestra mente, nuestro cerebro se vuelva mecánico y repetitivo a causa del hábito? La enciclopedia contiene todo el conocimiento de todas las personas que han escrito en ella. ¿Por qué no dejar ese conocimiento en el estante y utilizarlo cuando sea necesario? No cargarlo en nuestro cerebro.

»Preguntamos: Ese conocimiento, ¿impide el instante de comprensión, la percepción instantánea que da origen a la mutación, la sutileza que no se encuentra en las palabras? ¿Es que estamos condicionados por los periódicos, por la sociedad en que vivimos ‑la que, dicho sea de paso, nosotros hemos creado, porque cada ser humano desde las pasadas generaciones hasta el presente ha creado esta sociedad, ya sea en esta parte del mundo o en cualquier otra parte? ¿Es el condicionamiento por medio de las religiones lo que ha moldeado nuestro pensar? Cuando uno cree intensamente en alguna figura, en alguna imagen, esa misma intensidad de la creencia impide la sutileza, la rapidez mental.

»¿Es que estamos tan constantemente ocupados que no hay espacio en nuestra mente y en nuestro corazón ‑espacio tanto interno como externo? Todos necesitamos un poco de espacio, pero uno no puede tener espacio físicamente si está en una ciudad atestada, o se encuentra atestado en su propia familia, atestado por todas las impresiones que ha recibido, por todas las presiones. Y psicológicamente tiene que haber espacio ‑no el espacio que el pensamiento puede imaginar, no el espacio del aislamiento, no el espacio que divide política, social y racialmente a los seres humanos, no el espacio entre continentes, sino un espacio interno que no tiene centro. Donde hay un centro, hay una periferia, una circunferencia. No estamos hablando de tal espacio.

»Y otra razón de que no seamos sutiles, ágiles, ¿será porque nos hemos vuelto especialistas? Podemos ser ágiles en nuestra propia especialización, pero uno duda de que haya comprensión alguna de la naturaleza del dolor, de la angustia, de la soledad, etcétera, en una persona especializada, adiestrada. Desde luego que uno no puede adiestrarse para tener una mente buena y clara; la palabra ‘adiestrado’ implica estar condicionado. ¿Y cómo puede ser clara jamás una mente condicionada?

»De modo, señor, que todos estos pueden ser los factores que nos impiden tener una buena mente, una mente clara y sutil».

«Gracias, señor, por recibirme. Tal vez, y así lo espero, algo de lo que usted ha dicho ‑no es que yo lo haya comprendido completamente- pero algunas de las cosas que usted ha dicho puede que hayan echado semillas en mí, y que yo permita que esas semillas germinen, florezcan sin interferencia alguna de mi parte. Quizás entonces pueda ver algo muy rápidamente, comprender algo sin necesidad de tremendas explicaciones, de análisis verbales, etcétera. Hasta luego, señor».

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Jueves, 17 de marzo, 1983

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Krishnamurti – ¿Puede el ego terminar?Tags Technorati: ,

1540662091_4b628cdf2c_oMiércoles, 16 de marzo, 1983

«El hombre ha matado al hombre en diferentes estados de la mente. Lo ha matado por razones religiosas, por razones patrióticas, por la paz o mediante la guerra organizada. Este ha sido nuestro sino, matarnos perpetuamente unos a otros.

»Señor, ¿ha considerado usted lo que implica esta clase de matanza, el dolor que ha traído al hombre -el inmenso dolor de la humanidad que ha proseguido a través de las edades, las lágrimas, la agonía, la brutalidad, el terror de todo eso? Y ello aún continúa. El mundo está enfermo. Los políticos, sean de la izquierda, de la derecha, del centro, o los totalitarios, no van a traernos la paz. Cada uno de nosotros es responsable, y siendo responsables, tenemos que ver que las matanzas lleguen a su fin de modo que vivamos en esta tierra, que es nuestra, bellamente y en paz. Ésta es una tragedia inmensa que ni afrontamos ni queremos resolver. Dejamos todo eso a los expertos; y
el peligro que implican los expertos es tan grande como el peligro de un precipicio profundo o el de una serpiente venenosa.

»De modo que, descartando todo eso, ¿cuál es el significado de la muerte? Para usted, señor, ¿qué significa la muerte?»

«Para mí significa que todo lo que he sido, todo lo que soy, súbitamente termina a causa de alguna enfermedad, un accidente o la vejez. Por supuesto, he leído y he hablado de ello con asiáticos, con hindúes para quienes existe la
creencia en la reencarnación. No sé si eso es verdadero o no, pero hasta donde yo puedo entenderlo, la muerte significa el fin de una cosa viviente; la muerte de un árbol, la muerte de un pez, la muerte de una araña, la muerte de mi mujer y de mis hijos ‑una súbita interrupción, un súbito fin de aquello
que ha estado viviendo, con todos sus recuerdos, sus ideas, su dolor, su ansiedad, sus alegrías y placeres, el contemplar juntos una puesta de sol… todo eso ha llegado a su fin. Y no es sólo el recuerdo de todo eso lo que arranca lágrimas, sino también el darse cuenta de la propia insuficiencia, de la propia soledad. Y la idea de separarse uno de la esposa y de los hijos, de las cosas por las que uno ha trabajado, que uno ha querido y a las que se ha aferrado, los apegos y el dolor del apego ‑todo eso y más termina súbitamente. Pienso que en general eso es lo que entendemos por muerte; la muerte significa eso. Para mí es el final.

»Hay una fotografía de mi mujer y mis hijos sobre el piano en mi cabaña junto al mar. Acostumbrábamos tocar el piano juntos. El recuerdo de ello está en la fotografía sobre el piano, pero la realidad ha desaparecido. El recuerdo es doloroso o puede darle a uno placer; pero el placer es más bien débil, porque lo que domina es el dolor. Todo eso implica la muerte para mí.

»Teníamos un hermoso gato persa, una cosa verdaderamente bella. Y una mañana se había muerto. Estaba en el portal del frente. Debió de haber comido alguna cosa ‑y ahí estaba, carente de vida, de significación; nunca más ronronearía. Eso es la muerte. El final de una vida larga, o el final de un bebé recién nacido. Una vez tuve una plantita nueva que prometía convertirse en un árbol saludable. Pero alguna persona imprudente, distraída, pasó junto a la planta, la pisoteó, y ésta jamás llegó a ser un gran árbol. Ésa también es una forma de muerte. El final de un día, de un día que ha sido pobre o rico y bello,
también puede llamarse muerte. El principio y el fin».

«Señor, ¿qué es vivir? Desde el instante en que uno nace hasta que muere, ¿qué es el vivir? Es muy importante comprender el modo en que vivimos ‑por qué vivimos de este modo después de tantos siglos. Es cosa suya, señor,
si esa vida es una constante lucha, ¿no es así? Conflicto, dolor, alegría, placer, ansiedad, soledad, depresión, y trabajar, trabajar, trabajar, esforzarse por uno mismo o por otros; ser egocéntrico y, quizás, ocasionalmente generoso; ser envidioso, iracundo, tratando de reprimir la ira o dejando que la ira se desate desenfrenadamente, etcétera. Esto es lo que llamamos el vivir ‑lágrimas, risas, dolor, y la adoración de algo que hemos inventado; vivir a base de mentiras, de ilusiones y odio, y la fatiga de todo eso, el hastío, las insensateces: ésta es nuestra vida. No sólo la vida suya, sino la vida de todos los seres humanos en esta tierra. Y también el tratar de escapar de todo eso. Este proceso de adoración, de aflicción extrema y miedo, ha proseguido desde la antigüedad hasta nuestros días ‑esfuerzo, lucha, sufrimiento, incertidumbre, así como dicha y risas. Todo esto es parte de nuestra existencia.

»A la terminación de todo esto se le llama muerte. La muerte pone fin a todos nuestros apegos, por superficiales o profundos que sean. El apego del monje, del sannyasi, el apego del ama de casa, el apego a la propia familia… toda forma de apego tiene que terminar con la muerte.

»Hay varios problemas implicados en esto; uno, la cuestión de la inmortalidad. ¿Existe tal cosa como la inmortalidad? O sea, aquello que no es mortal ‑puesto que ‘mortal’ implica lo que conoce la muerte. Lo inmortal es lo
que está más allá del tiempo y es totalmente ajeno a este final. ¿Es inmortal el sí mismo, el yo? ¿O conoce la muerte? El sí mismo nunca puede volverse inmortal. El ‘yo’, el ‘mí’ con todas sus cualidades se forma a través del tiempo, que es pensamiento; ese ‘yo’ jamás puede ser inmortal. Podemos inventar una
idea de inmortalidad, una imagen, un dios, una representación pictórica y aferrarnos a ello para obtener consuelo ‑pero eso no es inmortalidad.

»El segundo problema es un poquito más complejo: ¿Es posible vivir con la muerte? No morbosamente, no en alguna forma de autodestrucción. ¿Por qué hemos separado la muerte del vivir? La muerte es parte de nuestra vida, es parte de nuestra existencia ‑el morir y el vivir, el vivir y el morir. Son inseparables. La envidia, la ira, el dolor, la soledad y el placer que uno disfruta (todo eso que llamamos el vivir), y esta cosa que denominamos muerte -¿por qué las separamos? ¿Por qué las mantenemos a millas de distancia? Sí, apartadas a millas de tiempo. Aceptamos la muerte de un anciano; es natural. Pero cuando una persona joven muere debido a un accidente o a una enfermedad, nos rebelamos contra ello. Decimos que es injusto, que no debería ser. De modo que siempre estamos separando la vida y la muerte. Es éste un problema que debemos cuestionar y comprender
‑o no tratar esto como un problema, sino mirarlo, ver sus implicaciones
internas sin engañarnos.

»Otro problema es la cuestión del tiempo ‑el tiempo que implica el vivir, el aprender, el acumular, el actuar, el hacer; y la cesación del tiempo tal como lo conocemos: el tiempo que separa el vivir del final. Donde hay separación, división, de aquí hasta allá, de ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’, está involucrado el tiempo. Para mí, el factor principal es el mantenimiento de esta división entre lo que llamamos muerte y eso que llamamos vida.

»Cuando existe esta división, esta separación, hay miedo. Entonces surge el esfuerzo por superarlo, y con él la búsqueda de consuelo, de la satisfacción que brinda un sentimiento de continuidad. (Estamos hablando del mundo
psicológico, no del mundo físico o técnico). Es el tiempo el que ha formado el yo, y el pensamiento es el que sostiene al ego, al sí mismo. ¡Si tan sólo pudiéramos captar realmente la significación del tiempo y de la división, de la separación psicológica del hombre contra el hombre, de la raza contra la raza, de un tipo de cultura contra otro! Esta separación, esta división como el vivir
y el morir, es producida por el pensamiento y el tiempo. Y vivir una vida junto con la muerte, sin separarlas, implica un cambio profundo en toda nuestra perspectiva de la existencia. Terminar con el apego sin tiempo ni motivo alguno, es morir mientras vivimos.

»En el amor no existe el tiempo. No es mi amor opuesto a su amor. El amor nunca es personal; uno puede amar a otro ser humano, pero cuando ese amor se limita, cuando se reduce a una sola persona, entonces deja de ser amor. Donde verdaderamente hay amor, no existe la
división del tiempo, del pensamiento ‑todas las complejidades de la vida, toda la desdicha y la confusión, las incertidumbres, los celos, las ansiedades que implica esa división. Tenemos que dedicar muchísima atención al tiempo y al pensamiento. No es que uno deba vivir sólo en el presente, eso sería
completamente absurdo. El tiempo es el pasado, que se modifica y prosigue como el futuro. Es un continuo, y el pensamiento se aferra, se adhiere a esto. Se adhiere a algo que él mismo ha creado, ha fabricado.

»Otro problema es: puesto que los seres humanos representan a la humanidad total ‑uno es toda la humanidad, no la representa, tal como uno es el mundo y el mundo es uno mismo- ¿qué ocurre cuando uno muere? Cuando usted u otro mueren, usted y el otro son la manifestación de esta vasta corriente de acción y reacción humana, la corriente de la conciencia, de la conducta
humana, etc.; usted pertenece a esa corriente. Esa corriente ha condicionado la mente humana, el cerebro humano, y en tanto permanecemos condicionados por la codicia, por la envidia, el placer, la alegría y todo eso, somos parte de esta corriente. El organismo de uno puede llegar a su fin, pero uno pertenece a esa corriente, tal como uno es, mientras vive, la corriente misma. Esa corriente que cambia, con lentitud a veces, rápidamente otras,
que es profunda y superficial, que se estrecha entre ambos márgenes y se abre paso por la estrechez hasta convertirse en un inmenso caudal de agua ‑mientras uno pertenezca a esa corriente, no habrá libertad. Uno no está libre del tiempo, de la confusión y desdicha de todos los recuerdos y apegos acumulados. Sólo cuando hay un final de esa corriente ‑el final, no el salirse uno momentáneamente de ella para volver convertido en alguna otra cosa, sino el final de la corriente sólo entonces existe una dimensión por completo distinta. Esa dimensión no pueden medirla las palabras. Terminar con la corriente sin motivo alguno, es todo el significado del vivir y el morir.

En el vivir y el morir están las raíces del cielo».

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Miércoles, 16 de marzo, 1983
(Continúa el diálogo del día 15)

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Martes, 15 de marzo, 1983    (1)

Este extremo del valle, particularmente en una bella y serena mañana como ésta, era apacible, no había ningún sonido de tránsito. Los cerros estaban detrás de nosotros y la montaña más alta de la región tenía más de 6.000 pies. La casa se encuentra rodeada por huertos de brillantes naranjales amarillos, y en el cielo azul no se veía ni una sola nube. En la aun silenciosa mañana, podía escucharse el murmullo de las abejas entre las flores. El viejo roble[1] que está detrás de la casa tenía muchísimos años; los fuertes vientos habían roto numerosas ramas muertas. El árbol ha sobrevivido a muchas tormentas, a muchos veranos de calor intenso y a los fríos inviernos. Probablemente podría contarnos innumerables historias, pero esta mañana estaba muy quieto, no soplaba ni una brisa. Todo alrededor de uno se hallaba poblado de verdes y brillantes naranjos con sus frutos amarillos y relucientes, y el aroma llenaba el aire ‑el aroma del jazmín.

Este valle está muy lejos de todo el ruido y el alboroto del tráfico humano, de la humanidad, de todas las cosas feas que ocurren en el mundo. Los naranjos recién comenzaban a mostrar sus frescas y jóvenes flores El perfume de éstas impregnaría el valle dentro de una semana o dos, y se escucharía el zumbido de miles de abejas. Era una mañana apacible, y más allá estaba el mundo enfermo, un mundo que se está volviendo más y más peligroso, más y más corrupto, más y más embotado en su búsqueda de entretenimientos, religiosos y de otras clases. Está prosperando la superficialidad de la existencia. El dinero parece ser el valor más grande en la vida y, naturalmente, con él marchan el poder, la posición y el dolor que todo eso
implica.

«En una mañana tan hermosa, yo quiero hablar con usted acerca de un tema más bien triste, atemorizador, el sentimiento de aprensión que invade a la humanidad y a mí mismo. Quisiera comprender realmente ‑no de manera sólo intelectual o descriptiva- por qué, como tantos otros, me espanta la terminación de la vida.

»Matamos con gran facilidad ‑se llaman ‘deportes con derramamiento de sangre’ la caza de pájaros por diversión para destacar la propia habilidad, la caza del zorro, la matanza por millones de las criaturas vivientes del mar; la muerte parece estar en todas partes. Sentado en esta tranquila galería,
contemplando esos brillantes naranjos amarillos, es difícil ‑o más bien parece impropio hablar acerca de algo tan alarmante. A través de las edades, el hombre jamás ha resuelto realmente ni ha comprendido la cosa que llamamos muerte.

»Naturalmente, he estudiado diversas racionalizaciones y creencias religiosas y científicas que asumen el aspecto de realidades; algunas son lógicas, consoladoras, pero subsiste el hecho de que siempre está ahí el miedo a lo desconocido.

»Estuve discutiendo este hecho con un amigo mío cuya mujer falleció recientemente. Él es un hombre más bien solitario y propenso no sólo a vivir de sus recuerdos sino también a descubrir por sí mismo a través de sesiones espiritistas, médiums y todo eso, si su esposa, a quien realmente amaba, se había evaporado meramente en el aire o si seguía habiendo una continuidad de ella en otra dimensión, en un mundo diferente de éste.

»Él dijo: “Con bastante extrañeza me encontré con que en una de estas sesiones la médium mencionó mi nombre y dijo que tenía un mensaje de mi
esposa. Y el mensaje era algo que sólo conocíamos mi esposa y yo. Por supuesto, la médium puede haber leído mis pensamientos o puede ser que mi esposa exista. Ese pensamiento estaba en el aire ‑el pensamiento de ese secreto que hubo entre nosotros. He interrogado a numerosas personas acerca de sus experiencias. Y todo eso parece muy fútil y más bien
tonto, incluyendo el mensaje de mi esposa, mensaje muy trivial, muy
carente de significación”.

»Yo no quiero discutir con usted si hay una entidad personal que continúa después de la muerte. No es ése mi interés. Algunos dicen que existe una continuidad, otros sostienen que hay una total aniquilación. Esta contradicción ‑la aniquilación, el fin total de una persona, o la continuidad de un individuo- ha figurado en toda la literatura, desde la antigüedad hasta el presente. Pero para mí, todo eso no viene al caso. Su validez sigue estando en el reino de la especulación, de la superstición, de la creencia y del deseo de consuelo, de esperanza. Realmente, todo eso no me interesa. Y es lo que en verdad quiero decir. Al menos de eso estoy completamente seguro. Pero me gustaría, si es posible, dialogar con usted acerca del significado de todo ello ‑de todo este asunto del vivir y morir. ¿Carece todo ello absolutamente de sentido, de profundidad, de cualquier significación? Millones han muerto y
millones nacerán y continuarán y morirán. Yo soy uno de ésos. Y siempre me pregunto: ¿Cuál es el significado del vivir y morir? La tierra es hermosa, he viajado muchísimo, he hablado con numerosas personas que se supone son sabias y muy ilustradas, pero ellas también se mueren.

»He recorrido una larga distancia para llegar aquí, por lo que tal vez tenga usted la bondad de tomarse tiempo para que discutamos, con serena paciencia, esta cuestión». «La duda es algo precioso. Limpia, purifica la mente. El propio cuestionar, el hecho mismo de que la semilla de la duda
esté en uno, ayuda a clarificar nuestra investigación. No sólo dudar de lo que todos los demás han dicho ‑incluyendo el concepto de la regeneración, y la creencia y el dogma cristianos de la resurrección, sino también la aceptación del mundo asiático de que existe una continuidad. Al dudar de todo eso, al cuestionarlo, hay cierta libertad que es indispensable para nuestra investigación. Si podemos descartar todo eso realmente, no sólo de manera verbal sino profundamente dentro de nosotros mismos, entonces no alimentamos ilusiones. Y es necesario estar libres de cualquier tipo de
ilusión ‑las ilusiones que otros nos han impuesto y las ilusiones que nosotros mismos nos hemos creado. Todas las ilusiones son cosas con las que jugamos; y si uno es serio, las ilusiones no tienen cabida en absoluto, ni tampoco la fe se introduce en todo esto.

»Habiendo, pues, descartado todo eso, no por un momento, sino al ver la completa falsedad de ello, la mente no está atrapada en las mentiras que el hombre ha inventado acerca de la muerte, acerca de dios y de todos los rituales que ha creado el pensamiento. Uno tiene que estar libre de cualquier juicio u opinión, porque sólo entonces puede explorar deliberadamente, realmente, con cierta vacilación, en el significado del diario vivir y morir
‑en la existencia y el fin de la existencia. Si uno está preparado para esto, si uno está dispuesto, o mejor aún si uno se interesa realmente, profundamente en descubrir la verdad de la cuestión (el vivir y el morir constituyen un problema muy complejo, un asunto que requiere un examen muy cuidadoso), ¿por dónde ha de empezar? ¿Por la vida o por la muerte? ¿Por el vivir o por el final de eso que llamamos el vivir?»

«Tengo más de cincuenta años, y he vivido de una manera más bien extravagante, interesado en muchas, muchas cosas. Pienso que me gustaría comenzar… vacilo un poco, estoy algo indeciso, no sé bien por dónde deberíacomenzar». «Yo creo que deberíamos empezar por el principio de la
existencia, de la existencia humana; empezar por la existencia de uno
mismo como ser humano».

«Nací en una familia bastante acomodada, y fui criado y educado con esmero. He estado en diversos negocios y tengo dinero suficiente; ahora soy un hombre que está solo. Estuve casado, tuve dos hijos, y ambos, junto con mi esposa, murieron en un accidente automovilístico. Nunca he vuelto a casarme. Pienso que me gustaría comenzar por mi infancia. Desde el principio, como ocurre con cualquier otro niño en el mundo, pobre o rico, hubo una psique bien desarrollada y la habitual actividad egocéntrica. Es extraño, cuando uno mira hacia atrás, ver cómo eso comienza desde la más tierna infancia, esa posesiva continuidad mía como J. Smith. Pasé por la escuela, expandiéndome, agresivo, arrogante, aburrido; después vinieron el colegio y la universidad. Y como mi padre manejaba una buena empresa, entré en su compañía. Llegué a la cima, y cuando murieron mi esposa y mis hijos, empecé esta investigación. Como les sucede a todos los seres humanos, aquello fue una gran conmoción interna, un gran dolor ‑la pérdida de los tres, los recuerdos relacionados con ellos. Y cuando el choque emocional que eso produjo desapareció, comencé a investigar, a leer, a interrogar, a viajar por diferentes partes del mundo, hablando sobre esta cuestión con algunos de los llamados líderes espirituales, los gurús. Leía muchísimo, pero jamás estaba satisfecho con lo que leía. Creo, por lo tanto, que debemos comenzar, si es que puedo sugerirlo, con el vivir real ‑la formación cotidiana de mí cultivada y restringida mente. Yo soy eso. Vea, ésa ha sido mi vida. Mi vida nada tiene de excepcional. Probablemente podría considerárseme como perteneciente a la clase media alta, y por un tiempo eso resultó agradable, excitante, y otras veces aburrido, fatigoso y monótono. Pero la muerte de mi mujer y de mis hijos, de algún modo me sacó de eso. No me he vuelto morboso, pero necesito saber la verdad acerca de toda esta cuestión, si es que existe una verdad con respecto al vivir y al morir».

«¿Cómo se forma la psique, el ego, el sí mismo, el yo, la persona? ¿Cómo ha nacido esta cosa desde la cual surge el concepto del individuo, del ‘yo’ separado de todos los demás? ¿Cómo se pone en marcha este movimiento ‑este impulso, este sentido del yo, del sí mismo? Usaremos la palabra ‘yo’ para incluir la persona, el nombre, la forma, las características, el ego. ¿Cómo nace este yo? ¿Nace con ciertas características transmitidas por los padres? ¿Es el yo meramente una serie de reacciones? ¿Es solamente la continuidad de siglos de tradición? ¿Es el yo producto de circunstancias, de incidentes, de acontecimientos? ¿Es el resultado de la evolución ‑siendo la evolución el proceso gradual del tiempo- el que pone el acento en el yo y le da tanta
importancia? ¿O, como algunos sostienen, especialmente en el mundo religioso, la cáscara externa del yo contiene realmente dentro de sí el alma y la antigua noción de los hindúes, de los budistas? ¿Es la sociedad la que da
origen al yo y fortalece la fórmula de que uno está separado del resto de la humanidad? Todos estos conceptos contienen ciertas verdades, ciertos hechos, y constituyen el yo. Y al yo se le ha concedido una importancia tremenda en este mundo. La expresión del yo en el mundo democrático se llama ‘libertad’, y en el mundo totalitario esa ‘libertad’ es reprimida, negada y castigada. ¿Diría usted, entonces, que ese instinto comienza en el niño con el impulso de poseer? Esto existe también en los animales, de modo que tal vez hemos derivado de los animales este instinto de poseer. Donde hay cualquier
clase de posesión, tiene que existir el principio del yo. Y a partir de este instinto, de esta reacción, el yo crece gradualmente en vitalidad, en fuerza, y adquiere estabilidad. La posesión de una casa, la posesión de tierras, la
posesión de conocimientos, la posesión de ciertas capacidades ‑todo esto es el movimiento del yo. Y este movimiento le da a uno la sensación de estar separado como individuo.

»Ahora puede uno avanzar más en los detalles. ¿Están el tú, el yo, separados del resto de la humanidad? ¿Es usted, debido a que tiene un nombre separado, un organismo físico separado, ciertas tendencias diferentes de las de otro, tal vez algún talento ‑hace eso de usted un individuo? Esta idea de que cada uno de nosotros en todo el mundo está separado de otro, ¿es una realidad?, o ¿puede que todo el concepto sea ilusorio, al igual que la división que hemos hecho del mundo en comunidades y naciones separadas, lo cual es realmente una forma glorificada del sentimiento tribal? Este interés en uno
mismo y la idea de que la propia comunidad es diferente de otras comunidades, de otros yoes, ¿se basa en una realidad factual? Por supuesto, usted puede decir que es real porque usted es norteamericano y otros son franceses, rusos, indios, chinos, etc. Estas diferencias lingüísticas, culturales, religiosas, han originado desastres en el mundo ‑guerras terribles, daño
incalculable. Y también, desde luego, en ciertos aspectos de ello hay una gran belleza, como en la expresión de algunos hombres de talento, como un pintor, un músico, un científico, etcétera. ¿Se consideraría usted a sí mismo como un individuo separado, con un cerebro separado que es ‘suyo’ y de nadie más? Ese es su pensar, y se supone que su pensar es diferente del pensar de otro.
Pero, ¿es en absoluto individual el pensar? ¿O sólo existe el pensar, que es compartido por toda la humanidad, ya se trate del más talentoso de los científicos o de la persona más ignorante y primitiva? »Todas estas preguntas y más, surgen cuando estamos considerando la muerte de un ser humano. De modo que, observando cuidadosamente todo esto ‑las reacciones, el nombre, la forma, el instinto posesivo, el impulso de estar separado de otro (impulso
alimentado por la sociedad y las religiones)-, al examinar todo esto con lógica, con sensatez, razonablemente, ¿se consideraría a sí mismo un individuo? Esta es una pregunta importante en el contexto del significado de la muerte.

»Veo lo que usted quiere decir. Tengo una comprensión intuitiva, una percepción de que en tanto piense que soy un individuo, mi pensar estará separado del pensar de los demás ‑mi ansiedad, mi dolor, me separarán del resto de la humanidad. Tengo la sensación ‑por favor, corríjame si no es así- de que he reducido el vasto y complejo vivir del resto de la humanidad a un asunto muy pequeño, mezquino e insignificante. ¿Está usted diciendo, efectivamente, que yo no soy en absoluto un individuo? ¿Que mi pensar no es
mío? ¿Y que mi cerebro no es mío, que no está separado de los demás cerebros? ¿Es eso lo que usted insinúa, lo que sostiene? ¿Es ésa su conclusión?»

«Si me permite señalarlo, la palabra ‘conclusión’ no se justifica. Concluir significa cerrar algo, terminar con ello ‑concluir un argumento, concluir una paz después de una guerra. Nosotros no estamos concluyendo nada; sólo estamos señalando, porque debemos alejarnos de las conclusiones, de la finalidad y esas cosas que limitan, que restringen nuestra investigación. En cambio el hecho, el hecho racional, observable, es que su pensar y el pensar de otro son similares. La expresión de su pensar puede variar; si usted es un artista puede expresar algo de cierta manera, y otra persona que no es artista
puede expresarlo de una manera distinta. Usted juzga, evalúa de acuerdo con la expresión, y entonces la expresión lo divide a usted como artista, lo separa de otro como jugador de fútbol. Pero usted como artista y él como jugador de
fútbol, piensan. Ambos sufren, experimentan ansiedad, gran dolor, desengaño, aprensión; uno cree en Dios y el otro no cree en Dios, uno tiene fe y el otro no tiene fe, pero esto es común a todos los seres humanos, aunque cada uno pueda pensar que es diferente. Yo puedo pensar que mi dolor es por completo diferente del dolor de otro, que mi soledad, mi desesperación son totalmente opuestas a las de otras personas. Ésa es nuestra tradición, ése es nuestro condicionamiento, hemos sido educados para eso ‑uno es un árabe, otro es un judío, etcétera. Y de esta división se origina no sólo la individualidad, sino las diferencias raciales de las comunidades. El individuo, al identificarse con una comunidad, con una nación, con una raza, con una religión, genera invariablemente conflicto entre los seres humanos. Ésa es una ley natural. Pero nosotros sólo nos interesamos en los efectos, no en las causas de la guerra, en las causas de esta división.

»De modo que estamos meramente señalando, no afirmamos nada, no sacamos la conclusión de que usted, señor, es psicológicamente, profundamente, el resto de la humanidad. Sus reacciones las comparte toda la humanidad. Su cerebro no es ‘suyo’, ha evolucionado en el tiempo durante siglos. Usted puede estar condicionado como cristiano, puede creer en diversos dogmas y rituales; otro tiene su propio dios, sus propios rituales, pero todo esto es producto del pensamiento. Estamos, pues, poniendo profundamente en duda que el individuo exista en absoluto como tal. Somos la humanidad total, cada uno de nosotros es el resto de la humanidad. Esta
no es una declaración romántica, fantástica; y es importante, necesario entenderla si vamos a considerar juntos el significado de la muerte.

»¿Qué dice a todo esto, señor?»

«Debo decir que estoy desconcertado con todos estos interrogantes. No sé bien por qué siempre me he considerado separado de usted o de algún otro. Lo que usted dice parece verdadero, pero tengo que reflexionar al respecto, necesito un poco de tiempo para asimilar todo lo que usted ha dicho hasta ahora». «El tiempo es el enemigo de la percepción. Si va usted a reflexionar sobre lo que hemos hablado hasta aquí, si va a argüir consigo mismo, a discutir lo que se ha dicho, a analizar lo que hemos considerado juntos, ello va a tomarle tiempo. Y el tiempo es un nuevo factor que se interpone en la percepción de lo verdadero. De cualquier modo, ¿lo dejamos por el momento?»

Volvió después de un par de días, y se le veía bastante tranquilo y más interesado. Era una mañana nublada y probablemente llovería. En esta parte del mundo se necesita mucho más de la lluvia, porque al otro lado de los cerros hay un vasto desierto. Debido a eso, por las noches hace aquí mucho frío. «He regresado después de varios días de sereno pensar. Tengo una casa frente al mar y vivo allí completamente solo. Es una de esas pequeñas cabañas costeras, y uno tiene frente a sí la playa y el azul Pacifico; se puede caminar
millas y millas por la playa. Yo generalmente salgo para hacer largos paseos en la mañana o en el atardecer. Después de verle a usted el otro día, caminé a lo largo de la playa, tal vez unas cinco millas o más, y decidí regresar y verle
nuevamente. Al principio me sentí muy perturbado. No podía comprender del todo lo que usted decía, lo que me señalaba. Aunque soy una persona más bien escéptica sobre estas cuestiones, permití que lo dicho por usted ocupara mi mente. No era que internamente yo lo aceptara o lo negara, pero me intrigaba; y deliberadamente uso la palabra ‘permití’ ‑permití que penetrara en mi mente. Y luego de reflexionar un poco, subí a mi auto, y después
de manejar a lo largo de la costa regresé tierra adentro hasta llegar aquí. Es un valle muy hermoso. Me alegro de encontrarle aquí. ¿Podríamos, pues, continuar con lo que estuvimos considerando el otro día?

»Si es que lo comprendo claramente, usted estuvo señalando que la tradición, el pensamiento largamente condicionado, puede producir una fijación, un concepto que aceptamos fácilmente, tal vez sin demasiada reflexión ‑aceptamos la idea de que somos individuos separados. Y cuanto
más pienso al respecto ‑uso la palabra ‘pienso’ en el sentido corriente de pensar, racionalizar, cuestionar, argumentar- es como si estuviera sosteniendo una discusión conmigo mismo, un diálogo prolongado; y pienso que capto realmente lo que todo ello implica. Veo lo que hemos hecho del maravilloso mundo en que vivimos. Veo toda la secuencia histórica. Y después de un considerable ir y venir del pensamiento, comprendo realmente la profundidad y verdad de lo que usted ha dicho. De modo que si dispone
de tiempo, me gustaría avanzar más en todo esto. Como usted sabe, yo vine en realidad para descubrir cosas acerca de la muerte, pero veo la importancia de empezar por la propia comprensión de uno mismo y, a través de la puerta del yo ‑si es que puedo usar esa palabra- llegar a la cuestión de lo
que es la muerte».

«Como estuvimos diciendo el otro día, nosotros compartimos, toda la humanidad comparte, la luz del sol [él no había dicho esto]; esa luz del sol no es suya ni mía. Es la energía vivificante que todos compartimos. La belleza de una puesta de sol, si uno la observa con sensibilidad, es compartida por todos los seres humanos. No es la puesta suya o mía en el oeste, en el este, en el norte o en el sur; lo importante es la puesta de sol.
Y nuestra conciencia, que incluye nuestras acciones y reacciones, nuestras ideas y conceptos, nuestros patrones de pensamiento, los sistemas de creencias, las ideologías, los temores, los placeres, la fe, la adoración de algo que nosotros mismos hemos proyectado, nuestros dolores, nuestras penas y angustias ‑esto es compartido por todos los seres humanos. Cuando sufrimos, hemos convertido eso en un asunto personal. Excluimos todo el sufrimiento dela humanidad. Igual que el placer; tratamos el placer como una cosa
privada, nuestra, con la excitación que ello produce, etc. Olvidamos que el hombre ‑incluyendo a la mujer, por supuesto, no es necesario repetirlo- que el hombre ha sufrido desde tiempos que están más allá de toda medida posible. Y ese sufrimiento es el suelo sobre el cual todos nosotros estamos parados. Y es compartido por todos los seres humanos.

»Nuestra conciencia, pues, no es propiedad suya o mía; es la conciencia del hombre, que ha sido acumulada, que ha evolucionado, crecido a través de siglos, de muchos siglos. En esta conciencia está contenida la fe, están los dioses, todos los rituales que el hombre ha inventado. Es realmente una actividad del pensamiento. Es el pensamiento el que ha formado el contenido ‑la conducta, la acción, la cultura, la ambición. Toda la actividad del hombre es la actividad del pensamiento. Y esta conciencia es el sí mismo, el yo, el ego, la personalidad, etc. Creo que es indispensable comprender esto muy a fondo, no sólo de manera argumental, lógica, sino profundamente; igual que la sangre, está en todos nosotros, forma parte de nosotros, es la esencia, el proceso natural de todos los seres humanos. Cuando uno comprende esto, nuestra responsabilidad adquiere extraordinaria importancia. En tanto continúe el contenido de nuestra conciencia, somos los responsables por todo lo que ocurre en el mundo. En tanto el miedo, las nacionalidades, el impulso del éxito ‑usted sabe, todas esas cosas- existan, cada uno de nosotros es parte de la humanidad, parte del movimiento humano.

»Esto es sumamente importante que se comprenda. Es así: el yo es producto del pensamiento. Y el pensamiento, como dijimos, no es suyo ni mío; el pensar no es un pensar individual. El pensar es compartido por todos los seres humanos. Y cuando en verdad hemos visto profundamente el significado de todo esto, entonces pienso que podemos comprender la naturaleza de lo que implica morir.

»Cuando usted era un muchacho, tiene que haber seguido una suave corriente que gorgoteaba a lo largo de un valle pequeño y estrecho, con las aguas que corrían más y más rápidas, y al encontrar algo, digamos un trozo de madera, lo arrojó usted en la corriente y siguió su curso hacia abajo viendo cómo pasaba por un desvío, por un montículo, a través de una pequeña grieta ‑lo siguió hasta que el trozo de madera pasó por encima de una cascada y desapareció. Esta desaparición es nuestra vida. »¿Qué significa la muerte? ¿Qué es la palabra misma, el sentimiento amenazador que la acompaña? Al

parecer, jamás la aceptamos». [1] La siempre verde encina de California.

Jiddu Krishnamurti
El Último Diario 1983 – 1984

Martes, 15 de marzo, 1983

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